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Fragmentos de la guajira venezolana

Para entender el paisaje y las tradiciones de la etnia wayúu

Había escrito en mi libreta: “Jamaya Pia”, porque eso me decían con una sonrisa cada vez que conocía a alguien. Luego supe que significa “hola, ¿cómo estás?” y quizá eso sea lo primero que se aprende al llegar a Paraguaipoa, una zona de la Guajira media, en el estado Zulia, al noroeste de Venezuela. Las coordenadas geográficas son importantes entenderlas porque desde ahí se puede llegar en pocos minutos a la frontera con Colombia y es tan sutil la cercanía, tan fuerte la cultura de la etnia wayúu, que sus tradiciones se mantienen de un lado y del otro, compartiendo paisajes y arraigo. 

“Jamaya Pia”, repito en wayuunaiki -idioma wayúu- intentando memorizar la melodía de su acento. Y es así como voy cruzando senderos en los que no creía verme, mientras voy tomando nota de esas otras realidades que me voy encontrando. Estoy dentro de mi propio país, pero todo es distinto. Escribo de a poco, hago de este viaje un cúmulo de fragmentos que luego releeo con calma para intentar armar un recorrido. 

Digamos que el camino comienza desde Maracaibo para, después de hora y media de desandar carretera, llegar a Sinamaica, capital de la Guajira venezolana. Una embarcación en la que fácilmente pueden ir sentadas siete personas, navega el río Limón hasta unirse con la Laguna de Sinamaica de la que saltan palafitos de colores, miradas serenas y penetrantes. Allí vive la etnia Añú, a quienes llaman “gente de agua”. Son cerca de nueve mil habitantes cubriendo la laguna, su humedad y su silencio. Esa agua oscura y tranquila se convierte en calles y avenidas, bajo un paisaje exótico de palmeras y calor. Los añú conservan su lengua y viven de la pesca, la artesanía y el turismo. No se imaginan sus días fuera del agua aunque, como ellos mismos cuentan, tengan que salir de vez en cuando a enterrar a sus muertos bajo la tierra del pueblo.

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La guajira venezolana |Fotografías: ©Adriana Herrera

Apenas 32 km separan a Sinamaica de Paraguaipoa, donde conviven otra parte de los añú, los wayúu y los arijunas, como llaman a todo aquél que no pertenece a ninguna etnia indígena. El paisaje es un contraste de lejanía, aridez y amabilidad. Un caos ordenado como se puede esperar en una zona fronteriza. 

Aunque en esta parte de la Guajira la mayoría de los wayúu se han despojado de su vestimenta habitual, no lo han hecho de sus raíces. Basta con sentarse un rato a conversar para que te cuenten que son un pueblo indígena milenario que sobrevivió a la colonización, que se han mantenido firme con su cultura ancestral.

En la etnia wayúu, la mujer es líder. Es ella la encargada de transmitir los principios de generación en generación. La madre, la abuela y las tías maternas son pieza fundamental en las familias. Son ellas las que interpretan los sueños e inculcan el valor hacia los ancianos, mientras el hombre -con su sombrero siempre a punto- se encarga de ser “el palabrero”, la figura central para resolver los conflictos que se presenten, quien negocia para conseguir la paz. 

Y esos roles se ven reflejados en la Yonna, un ritual a modo de baile que hacen guiados por los ancestros y que se convierte en celebración por cualquier motivo: porque llovió, porque llegaron amigos, porque salió el sol, porque la niña ya es mujer. Por lo que sea. En ese baile, el hombre busca a la mujer y ella intenta tumbarlo, sacarlo del círculo por el que se mueven ante el júbilo de todos. Ellas, con las caras pintadas según los designios de la naturaleza. Ellos, respetuosos ante la figura femenina. 

Todo eso me lo contó Jaya -una de las líderes de la etnia wayúu- como quien iba narrando sin esfuerzo sus días. Varias veces nos sentamos donde la brisa nos daba sin apuro, para conversar. Ella hablaba y yo tomaba nota, tachaba, volvía sobre mis preguntas. Esa curiosidad que no se abarca en un solo viaje. Y escuchar sus palabras era, al mismo tiempo, recorrer la geografía de su tierra y tratar de entenderla. La última vez que conversamos Jaya y yo, lo hicimos caminando por Caño Sagua, una playa de Paraguaipoa que desde la orilla deja ver algunas montañas colombianas, perdidas en la lejanía. Ahí, con calma, confluye el paisaje guajiro, los colores, las tradiciones de su gente y la calma de su horizonte. La cultura wayúu es una fiesta, un viaje en sí, al que todos estamos invitados. 

la guajira venezolana

La guajira venezolana |Fotografías: ©Adriana Herrera

 

Sobre la misma tierra

  • El escritor venezolano Rómulo Gallegos pasó una gran temporada en la Guajira conviviendo con los wayúu. De esa experiencia, de las historias que escuchó y vivió escribió su libro “Sobre la misma tierra” que fue publicado en el año 1943. Allí, Gallegos dibuja a la Guajira con todas sus realidades, describe tradiciones, se vuelca a los ancestros, se pierde en los paisajes. No importa cuántos años hayan pasado, su texto sigue vigente y es por eso que en Alitasía, una zona de la alta Guajira, hay un museo pequeño en el que se puede ver el escritorio donde Gallegos pasó horas escribiendo y algunas de sus pertenencias. En la plaza, hay un busto en su honor.
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Periodista de viajes, venezolana. Intento escribir crónicas, relatos y hacer fotos. Viajo sin prisa.
Un comentario
  • Jaime González Montes
    8 septiembre 2018 at 2:03 am
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    Yo, cerré los ojos después de leer el texto y volví a imaginar lo leído. Después, recordé un texto del Che Guevara en el que decía que en Latinoamérica no había fronteras. Somos una misma tierra, milenaria, extensa porque nos une un idioma, pero, lejos de esos regionalismos, las tradiciones de nuestra latinoamérica sin duda nos unen. Gran texto¡¡¡

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