Destino: Juchitán, Oaxaca.

La salida fue a las 21:30 horas en la Central de Autobuses Tapo. El metro fue por la línea café Patriotismo hacia línea rosa a San Lázaro, treinta minutos de recorrido. Ciudad de México. Poco equipaje, pocos días y varias horas de camino. Fue un noviembre más otoñal que invernal.

Por la puerta cincuenta y cinco en el anden seis, estaba el autobús que tardó diez horas en llegar a Juchitán, Oaxaca; pasó por Ixtapaluca, paró en la Heroica Puebla de Zaragoza, siguió por Córdoba en Veracruz, por San Juan Bautista, Tuxtepec y finalmente llegó a Juchitán de Zaragoza a las nueve de la mañana. Un camino pesado por las curvas y por el uso continuo de frenos para parar subir y bajar gente.

Con los pies en el destino, lo primero en la agenda fue ir directo a la misa de Acción de Gracias de la Vela de las Auténticas Intrépidas Buscadoras del Peligro, por esa misa y por la fiesta de esa noche, estaba en Juchitán. No fue difícil llegar a la iglesia, mujeres y niñas vestidas de forma tradicional caminaban por el pueblo en una misma dirección, así que las seguí.

Entré a la iglesia. Todas las bancas estaban ocupadas y en los laterales había gente de pie, la misa ya había iniciado. Las espaldas que veía eran mayormente de mujeres, sobresalía el chongo como peinado y el moño como adorno, sobre todo resaltó el color naranja, el amarillo, el rojo. Una bella foto de la iglesia llena con mujeres vestidas con sus trajes típicos zapotecas, envueltas en color, tejidos y bordados.

La misa de acción de gracias. |Fotografía: Arlene Bayliss

La misa de acción de gracias. |Fotografía: Arlene Bayliss

Durante la misa y mientras yo me movía de un lugar a otro con cámara en mano, el padre habló de la igualdad ante los ojos de Dios. “Los hombres y las mujeres son libres de amar a los hombres y a las mujeres. Dios no ve sexos, ve amor”. No leía, parlaba levantando las manos pasivamente, con voz tranquila y articulada pero sin ser acartonado, de hecho, me pareció jovial y fresco en comparación con otros sacerdotes, con un discurso enfocado a la igualdad.

Mientras seguía tomando fotos y ya sin escuchar tanto al padre, me perdí en esas mujeres, las miraba cada vez más a detalle. Sus uñas largas y naturales que agrandaban sus manos, las pestañas, el maquillaje que resaltaba el delineado de los ojos; cuando se sentaban durante el ritual de la misa, su espalda estaba recta y las manos juntas, las piernas cerradas pero no cruzadas; cuando se levantaban lo hacían lentamente, tranquilas, cuidando su vestimenta, su porte y su presencia. Apropiándose de su propio espacio.

Había niñas acompañando a las mujeres mayores, pocas pero todas con las mismas vestimentas típicas de la región. Ellas eran menos recatadas, me veían como yo a ellas, con curiosidad. Levantaban el cuello para verme completa, miraban la bolsa, la cámara, el cabello. Algunas sonrisas llenas de timidez y otras con un poco de desconfianza.

La misa, fue un acto de entrega de estafeta para los responsables de hacer que la fiesta que presenciaría más tarde, se repitiera el próximo año, como se ha repetido desde hace treinta y cinco años ininterrumpidos. Por ello la misa de acción de gracias. Una tradición que no se vive en otra parte del país, que sólo aquí se concentra el estilo de vida muxe.

Los muxes ejercen el papel de una mujer que cocina, que cuida a los padres, que se encarga de lavar, de hacer los mandados y de ver por el bienestar del hogar, de la familia como objetivo único. Aquí en Juchitán, vive una fuerte comunidad de hombres que deciden ser mujeres y llevan a cabo actividades y roles de mujer. Si se casan, lo hacen con hombres por lo general, pero también hay quienes se casan con mujeres y tienen hijos, siempre responsabilizándose de su núcleo familiar y dentro una comunidad que los acepta.

Por siglos ha sido así, los orígenes de los muxes son tan antiguos como su cultura indígena misma, la zapoteca. Pertenecen a una de las civilizaciones mesoamericanas vigente desde la época precolombina y que se concentran hasta la fecha, en Oaxaca. Desde entonces ha existido esta aceptación de un tercer género dentro de su entorno social, no es un hombre y no es una mujer, es un ser diferente que ejerce su propio rol.

Esos hombres, son esas mujeres tomando misa, escuchando al padre y dándole gracias a Dios. Son ellos los que con sus chongos y moños organizan la Vela de cada año y durante todo el año para celebrar su historia, su forma de vida y su estilo. Hombres y mujeres que han ido cambiando conforme a los años, conforme a las generaciones y los efectos propios de una sociedad globalizada, no están ajenos ni alejados a la modernidad pero no sueltan su raíz, su identidad cultural.

Después de la misa, llegué como agregada a un hogar muxe para comer entre amigos y familiares que se reunieron. Me trataron como familia y como tal, a poner sillas suficientes para todos los presentes, sacando y repartiendo el pan y pasando los platos servidos con barbacoa para terminar comiendo entre mis piernas, sin cubiertos y sabrosamente chupándome los dedos, limpiando el plato con el pan y sonriéndole a todo aquel que me miraba.

En la noche fue la Vela, la fiesta muxe, cada familia organiza su puesto o zona para ofrecerle a sus invitados la bebida y la comida de la noche. Aquel día cuando caminaba hacia la celebración, vi a una chica que iba a tomar un taxi, la abordé para preguntarle si sabía dónde era la fiesta, lo único que me dijo fue, vente conmigo, voy para allá.

Así conocí a Samanta. Un día dejó los pantalones por las faldas, los carritos por las muñecas y las canicas por las pinturas. Hoy, es una mujer que se acepta como el hombre que nació sin complejos y sin crisis. Es dicharachera, parlanchina y alegre. Tenía el cabello corto, delgada, tacones, un bolso y ojos bien maquillados.

–       ¿A qué te dedicas Samanta?

–       Soy como Niurka, soy artista.

Después de la carcajada me dice: “ Yo desde chica supe que era una Muxe, no te puedes engañar a ti misma, y la verdad no tengo problema con serlo. Me gusta, mi mamá me adora porque yo la cuidaré, el lazo que tenemos con nuestros papás es inigualable, nada de que me voy a hacer mi vida, ¡no! Mi vida es ella y mi papá y que los dos estén bien y  que no les falte nada”.

Llegamos a la Vela pero no había comprado mi boleto de entrada y lo que no sabía tampoco es que no se trataba de un pedazo de papel que dice boleto y que va acompañado con un número de serie y el título del evento, la entrada era una aportación pero no económica, sino en especie y además, con un objetivo claro dentro de la celebración. Es un cartón de cerveza el encargado de abrir las puertas, es decir, una caja con veinte botellas de cerveza por persona. Así, todo aquel que entró por la puerta principal con todo y tacones entró con su respectivo cartón.

La fiesta muxe en Juchitán. |Fotografía: Arlene Bayliss

La fiesta muxe en Juchitán. |Fotografía: Arlene Bayliss

Una vez dentro, lo primero que me cuestioné fue el tamaño de terreno. ¿cuántas personas van a venir? Había tres escenarios y alrededor del lugar estaban los “puestos”, las secciones donde cada muxe se organiza con sus familiares y amigos para atender a sus invitados, y es allí el destino de los boletos de entrada, en cada puesto.

Primero cenamos, tomamos y luego empezó el evento de la Reina Muxe del año, más de veinte mujeres modelaron y desfilaron representando a diferentes ciudades del país, de norte a sur de México, e incluso llegó gente de Estados Unidos y España. Muchos eran los que habían viajado y se habían preparado para esta festividad indígena. Todos terminaron en algún momento de la noche en la pista de baile, entre música de banda, salsa, cumbia y tambora. Siempre música, alcohol, risas, coqueteos, desfile de cuerpos, de vestidos y de miradas. Guapas, extravagantes, unas más discretas que otras pero la gran mayoría de las mujeres con sus vestidos típicos zapotecas, disfrutando de lo que soy.

Muxe es homosexual en zapoteco, pero significa mucho más que una preferencia sexual en Juchitán, durante toda la fiesta, la familia celebró el momento muxe, la noche de ellas, de quienes por decisión velarán por la madre, por el padre, trabajaron por ellos y para ellos. Históricamente es un pueblo que ha defendido sus creencias y sus tradiciones, anteponiendo su tierra y sus ideologías pero que también es abierto al de fuera. Fue común escuchar que  ser muxe es un orgullo familiar.

 







Fotografía de portada: Rodrigo Ramos

 
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Sobre el autor

Periodista en viajes de Tijuana en Barcelona. Es editora y creadora de contenidos.

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