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Buenos Aires, la escala más larga

Cuando se inicia un viaje como viajera y terminas como migrante, así se siente el desarraigo.

Mi abuela venía de visita a España cada tanto. Conocí Buenos Aires por las historias que ella me contaba. Siempre tuvo (y todavía tiene) una forma muy particular de relatar, mezcla de su gran memoria y de su capacidad para rescatar los detalles. Año tras año, me contaba de las grandes avenidas y de los barrios, de las tertulias en los cafetines, de los escarceos políticos. Así fui construyendo la ciudad en mi cabeza, poco a poco, a través de su mirada. 

Algo me unió siempre a la capital porteña, más allá de aquellos relatos. Mi padre migró de Argentina a finales de la década de los setenta y se radicó en España en los ochenta. El vínculo que sentí con este país no era tanto una cuestión sanguínea, sino atmosférica. Porque era eso lo que se fue creando a mi alrededor desde niña: una atmósfera. Con las visitas de mi abuela y las peleas que había en casa por los alfajores que traía; pero también con la presencia de amigas y amigos de mis padres, que venían a casa y tomaban mate y a mí me dejaban tomar un poco cuando estaba lavado. Con aquel acento que siempre me resultó tan familiar. 

Buenos Aires y un viaje por Sudamérica

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Fotografías: Travel Buenos Aires

Cuando terminé de estudiar, decidí venir a Buenos Aires por primera vez, como quien se acerca a reconocerse en una foto antigua. Lo hice pensando en un viaje por Sudamérica en el que escribiría mis primeros reportajes, evocando las aventuras de Heródoto, y Buenos Aires, en mi imaginario, era solo una escala del itinerario. Quería pasar unos meses allí, descifrar la ciudad (qué ingenuidad la mía), exprimirla. 

Pasé los primeros meses compartiendo departamento con una amiga. Trabajé en bares para ganar unos pesos con los que mantenerme, fuí a recitales, a lecturas de poesía, descubrí cómo se daban aquí las conversaciones. Viví de noche en los centros culturales de Almagro, paseé por la feria de San Telmo y por el Parque Rivadavia los domingos, entré en casi todas las librerías de Avenida Corrientes. En definitiva, viví la ciudad que me había imaginado, aun con algún que otro elemento de sorpresa: el caos no había podido configurarlo en mi mente. 

Después cumplí lo que me había prometido y emprendí un viaje por Sudamérica: Bolivia, Perú y Chile. Mi idea era seguir, perderme, diluirme en la ruta, llegar hasta donde quisiese llegar, que fuera un viaje largo, trabajar por el camino. Pero hubo un llamado, como una pequeña certeza de que la etapa en Buenos Aires no había terminado y que tenía que volver. Entonces volví y pasé un invierno en el barrio de Villa Santa Rita y habité el oeste de la ciudad desde la tranquilidad que dan los barrios familiares. Después me mudé a las afueras: al conurbano, a Longchamps, allí donde la capital me quedaba demasiado lejos y tomé trenes y colectivos hasta el agotamiento. 

Viviendo tan lejos empecé a odiar la ciudad. A entenderla desde la lógica de la rutina. Apareció en mí una idea: la exotización del conflicto. Hasta ese momento, el conflicto había sido interesante. La espera del colectivo, la intensidad del tráfico, las fluctuaciones de los precios, los gritos en la calle, el ruido. Me lo había permitido porque estaba viajando desde mi privilegio, porque esto solo era una escala en mi viaje, un lugar de paso. Algo exótico. La ciudad era intensa y compleja pero durante un tiempo la había disfrutado así, con esa identidad casi enfermiza. 

Huí a España. Volví. Me mudé de nuevo a la capital como antídoto ante el tedio de la lejanía. Viajé de nuevo por Sudamérica, esta vez hasta Colombia. Volví. Me anoté en la universidad para probar si era capaz de asumir que vivía aquí. Para intentar radicarme. Entonces apareció en mí otra idea: no estaba viajando, sino migrando. Y eso implicaba, entre otras cosas, el desarraigo más crudo. 

Buenos Aires

Fotografías: Travel Buenos Aires

Cuando viajamos, aunque se trate de un viaje largo, hay una suerte de ligereza porque nuestro paso es más bien efímero y nuestro diálogo con el lugar puede ser más creativo. Cada día podemos tomarlo con un propósito; nos sorprendemos con todas las cosas y si dejamos de hacerlo, entonces nos movemos para que ocurra; asistimos a una versión única del lugar; vivimos con cierto grado de impunidad: quemamos las naves y duele pero al día siguiente de nuevo el sol, una cascada, un pueblo nuevo. No tenemos que lidiar con las dificultades político-económicas, ni toparnos una y otra vez con las mismas violencias y con las mismas ausencias. Cuando viajamos,  nos las ingeniamos para comer, dormir o movernos. Sacamos dinero de debajo de las piedras. Nos basta con poco. Pero cuando migramos, tenemos que buscar un trabajo para poder pagar el alquiler, las facturas o las tarifas. 

Quien viaja lo hace, normalmente, para experimentar. Quien migra lo hace para sobrevivir. A mí me pasó otra cosa: empecé como viajera y terminé como migrante. Pero además, en esta ecuación hay un elemento que carece de toda lógica y es que en Buenos Aires vivo peor de lo que podría hacerlo en Valencia, la ciudad donde me crié. Y digo peor en términos materiales  (como menos, todo es más caro, no me alcanza el dinero) pero también psíquicos. Aquí me preocupo mucho más y sufro más ansiedad, más incertidumbre. Estoy más nerviosa. 

Entonces, ¿para qué migrar? No tengo la respuesta. Desde que llegué hace tres años y medio, la pregunta que más me han hecho es “qué hacés acá”. Al principio me divertía contestarla pero hace tiempo que supone un peso enfrentar este cuestionamiento porque, por supuesto, yo misma me hago esa pregunta todos los días. Porque el desarraigo conlleva una nostalgia permanente pero también un desprendimiento. Y aquí me hallo y a la vez no me encuentro. Como dijo Pizarnik una vez: “…tengo miedo de esta tierra ajena, agresiva”. 

Pero sería injusto terminar aquí la historia. Porque aunque no tenga una respuesta concreta a esa pregunta, mi experiencia como migrante en Buenos Aires también ha sido y es gratificante. Viviendo aquí, he aprendido de mí misma más que en ningún otro sitio en el que haya vivido. Me he responsabilizado de mi lugar político en el mundo (he salido a la plaza a protestar cuando se han mermado mis derechos). He logrado entender algunos códigos: el humor, por ejemplo, y eso me ha hecho sentirme en casa. He encontrado grupos de pertenencia. Mi relación con el arte ha cambiado por completo (ahora es más consciente y más activa). He sentido cómo mi lenguaje iba mutando hasta convertirse en un híbrido, en un juego entre el lunfardo y el español de la infancia. 

Es cierto, algo que no puedo explicar cuando me preguntan. Una parte de mí volvería a casa hoy mismo. Otra estaría viajando por Sudamérica, esta vez hasta México. Y otra no deja de fascinarse con esta ciudad. Y ya no lo hace desde la “exotización del conflicto”, sino desde el reconocimiento. Esto ya forma parte de mí y ya soy parte de esto. Puedo caminar por Buenos Aires buscando la sorpresa. Intentar invocar el espíritu del viaje y mirar la ciudad como si cada día fuera una ciudad nueva. Puedo fracasar en eso porque no hay trabajo, no hay dinero. Pero siempre queda una bruma, algo inexplicable; la verdadera razón por la que estoy aquí, que no es más que eso: una atmósfera.

 

Por: Carla Santángelo

 

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