Relatos

Entre nubes de Guanajuato

Estaba nerviosa cuando llegué a la ciudad de León. Desde la noche anterior intenté dormir temprano y descansar para no sufrir al madrugar, pero tenía tanta ansiedad y emoción que me costó no pensar que en unas horas volaría en un globo aerostático. Cómo no estar alterada cuando había imaginado la sensación de estar subiendo y separándome de la tierra desde que supe que haría ese viaje.

Había escuchado que en México se realizaba el Festival del Globo Aerostático en Guanajuato cada año, famoso porque participan pilotos de diferentes partes del mundo y volaban cerca de 200 globos, ¿se imaginan esa escena? Esto se ha repetido durante once años y asisten hasta dos millones de personas; es el festival más grande de Latinoamérica y estaba a punto de formar parte de esa fiesta.

Gente que viaja desde países como Austria, Brasil, Países Bajos o desde Bélgica o Alemania, para participar en una fiesta que busca celebrar la sensación de volar, de hacerlo en un globo gigante y que incluso, se vuelve el pretexto para reinventar estilos, crear tendencias y mostrar globos que no precisamente son redondos. La diversidad de los asistentes hace la experiencia más enriquecedora. ¿Eso es un pastel? ¿Ese es Darth Vader?

Bastó una invitación para decidirme a volar en globo y dejar de pensarlo y vivirlo. Sentir la impresión de estar parada dentro de la canastilla y elevarme. Así llegué aquél día nerviosa a León en coche para pasar un fin de semana en la ciudad, con el objetivo de llevar a cabo una de las experiencias que siempre se recomiendan, de esas que debes vivir y que en ocasiones, llegan solas.

Entre semáforo y semáforo me cuestioné si me daría miedo la altura, creo que me preocupaba el aterrizaje. ¿Y si el clima no nos deja volar? Se trata de una aeronave sin motor que de forma controlada, se deja llevar por las corrientes de aire, por las condiciones del día y sobre ellas volar. Ya quería dejar de hacerme preguntas pero debía llegar al Parque Metropolitano de León, el escenario del vuelo del que desconocía la relevancia natural.

Así descubrí un área verde y protegida del tamaño de unas tres canchas de fútbol soccer, dominadas casi en su totalidad por el vaso de la presa, que hoy en día ese vaso está carente de agua y las grietas de la tierra forman ya parte del paisaje, de la vida animal y vegetal; es la casa de pelícanos, patos canadienses, garzas, y más de doscientas especies; muchas de casa y otras migrantes.  Por si sola, esta presa es un punto que forma parte de la identidad de la ciudad y durante este festival,  el escenario. Allí estaba en el punto de encuentro, en una de las mejores horas para volar que es después del amanecer, la otra es antes del ocaso, cuando el viento se calma. En ese punto la cita arrancaba a las cinco de la mañana y aún era de noche, aunque con un cielo azul intenso, acercándose cada vez más a la claridad que le da la luz de los primeros rayos del sol del día que estaba por comenzar.

De pronto se acerca una camioneta que cargaba en la parte de atrás del coche la canasta, ocupaba casi todo el espacio, me pareció enorme. Se estaciona y entre unos cuatro hombres bajan la canastilla y la acuestan de lado, aunque parecía ligera, en realidad es una cesta de mimbre trenzado a mano y con una base de madera reforzada, no es ligera. Poco a poco, de la canastilla empezó a extenderse la piel del globo. Tela de colores que mientras más la desdoblaban, más espacio ocupaba, más debía hacerme para atrás y más me emocionaba.

Son globos de dieciséis metros de altura aproximadamente. Utilizan cerca de ochocientos metros de hilo en más de mil quinientos metros cuadrados de tela. Eso es mucho hilo, mucha tela. Por eso toma su tiempo extender el globo. Se debe desplegar de forma ordenada y con un sentido, la tela debe estar estirada. Aquí no tenía dudas, ni nervios, sino curiosidad por cómo dan forma al globo de colores que me pasearía por los cielos de esta tierra mexicana.

Cuando el globo estaba desplegado sobre el suelo, entonces por la boca del globo le colocaron un poderoso ventilador que empezó a darle aire frío. Poco a poco se inflaba, tomaba forma y después, encendieron el quemador para calentar ese aire interior y provocar la elevación. No pareció una tarea sencilla, tomó al menos una hora preparar el vuelo, revisar los procedimientos y estar listos para despegar en cualquier momento.

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Ser testigo de este proceso no sólo alimenta el deseo de montar y volar en el globo, sino también de comprender el funcionamiento de una de las actividades que más satisfacción le han generado al ser humano, un deseo desde hace siglos y que también desde hace siglos se ha conseguido: volar. Recuerdo que el rostro del piloto me trasmitió concentración y pasión por lo que estaba haciendo. De pronto dice: Sube a la canasta, ya nos vamos. ¿Ya?, respondí. Con tantas ganas que tenía de que llegara ese instante que cuando llegó, me paralicé y lo cuestioné;  sólo bastó un segundo para darme cuenta que, en efecto, el globo estaba de pie y ya era hora de volar y no existía la posibilidad de titubeos, así que me subí a la canasta y no pasaron muchos minutos cuando empecé a sentir como dejaba el suelo, de elevarme.

Sin noción del tiempo, poco a poco todo comenzó a hacerse más pequeño una vez arriba. Las personas que nos miraban desde abajo, saludaban. Los coches estacionados en la calle principal, se hicieron notar  y cada vez más el espacio completo que concentraba a los globos, a los pilotos, a sus coches y a los espectadores. Todos, cada vez más se hacían pequeños dentro de la gran área verde que empezó a rodear la ciudad. No sabía a dónde voltear con una vista de 360 grados. Quería verlo todo, el horizonte de forma completa en un paisaje que incluía el parque, la presa, los edificios, los puentes, las calles, los espacios vacíos, los saturados, los techos y después, sólo cuadros de tierra diferenciados por colores. ¡Con que esto se siente volar!

En la presa del parque, en el centro vi las ruinas de la Hacienda del Palote, una edificación que ha vivido siglos entre dueño y dueño hasta que la urbanización y la construcción de la presa la convirtieron en un accesorio que cambia de acuerdo a la cantidad de lluvia, de agua acumulada. Sólo desde arriba pude ver esas ruinas y la cruz en su punta. No, no tenía miedo a las alturas y tampoco sentí mareos y curiosamente me sentía estable. Llegó un momento en el que me perdí en el paisaje. Dejé de concentrarme en los detalles y mi mente se puso en blanco. Bajó la adrenalina, empecé a disfrutar del aire, a respirar con mayor profundidad, a relajarme ante la vista y si, a navegar el cielo de la ciudad.

Así, como el piloto dijo vámonos, también dijo ya llegamos. Bajar fue sin duda el proceso más rápido del viaje y casi en automático nació el deseo de volverlo a hacer pronto, a no dejarlo pasar como una experiencia única, quería más. Bajar de la canastilla satisface tanto como subir, la adrenalina de la impresión de volar se siente y te acelera. Recuerdo que sonreía todo el tiempo y miré al piloto con ojos de cinco minutos más, baje más despacio. Invíteme a volar en el atardecer.

Y pensar que este invento nació hace trescientos años. Cuando supe la historia del globo aerostático la volví a recordar cuando bajé, me imaginé a los hermanos Josepth y Jacques Montgolfier en Francia, intentando volar un globo por primera vez. Después de que se les había ocurrido la idea de volar,  al ver el humo de una fogata y querer hacer algo con él.  Imaginé a la gente que vivió para ver ese espectáculo, a María Antonieta de Austria le tocó presenciar ese primer viaje que tuvo de pasajeros a un gallo, un pato  y una oveja.

Unos años más tarde dejaron de volar animales y lo empezaron a hacer pilotos, primero en París en un viaje de veinticinco minutos ante cuatrocientas mil personas y hoy en día en eventos que concentran a millones de personas, entre fanáticos del globo y espectadores.  En México, fue José María Alfaro el primer piloto en Veracruz, hace más de dos siglos. Desde entonces, existen varios espacios en donde se puede viajar en globo. Esta tierra es uno de los países en Latinoamérica que cuenta con sitios para esta actividad, por ejemplo los viñedos de Baja California, en la ciudad de Teotihuacán, en Querétaro y claro, en León, Guanajuato.

Han pasado algunos meses de ese viaje en globo y cuando recuerdo la sensación, todavía creo sentirla, la adrenalina llega y hasta me inquieta. Y pensar que ya se han hechos vueltas al mundo en globo aerostático. No hace mucho tiempo, apenas unos catorce años lo hizo el suizo Bertrand Piccard y el británico Brian Jones, se tardaron 19 días, 21 horas y 55 minutos, sin escalas. Increíble, ¿verdad?

 

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¡Ahorita Vengo! Eso dijo en su casa y no ha vuelto. De Tijuana en Barcelona, comunicóloga con un máster en periodismo de viajes.

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