Marruecos acelera el corazón, produce adrenalina, sientes tensión, ansiedad, curiosidad y ganas de hablar árabe para poder interactuar más. Es protagonista de las grandes historias antiguas, de aquellas de hace miles de años antes de Cristo y que al mismo tiempo, sigue desarrollándose. Marruecos brinda tanta emoción como paz, tanto ruido como silencio, es materialista y espiritual. Es un país africano tan cerca y tan lejos de Europa.

Ha sido tierra de los fenicios, cartagineses, judíos, árabes y tiene una “relación complicada” con España que aún me cuesta trabajo entender. Grandes distancias, inmensos paisajes, texturas y olor a comino. Aquí creen en el paganismo, el judaísmo, el cristianismo y el islam. Es tanto tierra árabe como africana, se habla árabe, bereber y francés. Su historia le crea un presente lleno de mezclas, creencias e intereses, muchos son los que hablan español y aquellos que están cerca del turismo me sorprendieron hablando alemán e incluso catalán.

Marruecos me cayó de sorpresa y por ende, lo viví con mayor emoción, con un mayor sentido de descubrimiento, de viajera que va sin saber a dónde exactamente y sin deseos de saberlo, sólo por el gusto de dejarse sorprender. Así fue. Y la mayor sorpresa que me llevé fue cuando vi el más grande horizonte a mis pies que había visto en aquel país: el Sáhara marroquí.

Recuerdo que llegué a una parte del desierto -como si de un parque de atracciones se tratara- a una zona usada como estacionamiento. Bajé del coche, caminé y mientras avanzaba la tierra que pisaba se volvía más arenosa y me hacía caminar más despacio. Con el sol en un verano a las cuatro de la tarde pensé: ¿cómo voy a sobrevivir a esto? ¡Qué calor! Tal vez 50 grados centígrados, no lo sé, pero es cierto que utilizar el kufiyya ayuda, un pañuelo de algodón o lino que al envolverlo en la cabeza te protege del sol, de una forma que también te puede cubrir la boca por aquello de saborear arena. Si sudas, lo absorbe y con el aire, te refrescas.

Caminé unos cuantos pasos y de frente, me estaba esperando una imagen de al menos una decena de dromedarios sentados en línea recta, formados. Por un lado, iban llegando más y conforme se acercaban a un punto central, se iban sentando y siguiendo las indicaciones que se les daban. Uno de ellos sería mi compañero de viaje para adentrarnos en el desierto y allí pasar la noche.  No podía creerlo.

Sahara relato

¿Qué tal serán de carácter? Están altos, pensé. Aquel de allá se ve tranquilo… bueno, todos están tranquilos. ¿Exactamente dónde me voy a sentar? Me acerqué porque quería ver cómo reaccionaban los dromedarios, si como los caballos te perciben y reaccionan a tu energía o me sacarían la lengua para lamerme pero no, no sé si diría que son amigables, pero si dóciles y pasivos; sobresalen sus pestañas, largas y lacias. Las rodillas y los tobillos están llenos de callosidades que les permite tener un soporte como zapato, para resistir el ardor de la arena. A diferencia de los camellos tienen una joroba y no dos y, aunque nunca me he subido a un camello, estoy segura que también costaría trabajo relajarse para poder disfrutar el aventón.

Una vez arriba, recuerdo que reí a carcajadas cuando empezamos a caminar, miré a las chicas con las que viajaba y todas igual, a carcajadas y gritos,  me sentí como la primera vez que me subí a un elefante, feliz, emocionada y tonta.  No quería asustarme o ponerme nerviosa para no asustar al dromedario, pero creo que no estaba interesado ni preocupado por mí, ingenuamente buscaba hacer contacto con él pero me ignoraba, así que no intenté molestar más y ser amigos de viaje respetuosos uno del otro, juntos haciéndonos camino para adentrarnos en el Sáhara mientras empezaba a caer el sol.

Son increíbles los colores que expone este desierto, surrealistas. Las escenas de las sombras en las dunas, los paisajes que te hacen sentir que formas parte de esa pintura. La arena tan fila que con poco aire hacía y deshacía siluetas, pequeñas dunas, huellas. El viento es el que manda, el que rige y se impone, llega y reparte, revuelve dunas con otras. La contemplación me llevó a un estado de silencio que fue no sólo exterior, sino interior, no había pensamientos, ni ideas, ni preguntas, ni asombros. Si había gente hablando dejé de escucharla. Sentí al desierto.

Sahara relato 2

Como si se tratara de despertar de un sueño repentino, regresaban las dudas sobre la vida en el desierto, ¿la hay? ¿Quiénes vienen aquí? ¿Dónde viven los hombres que traen y llevan a los dromedarios? ¿Qué tan frecuente vendrán viajeros? El Desierto del Sáhara tiene más de 9 millones de kilómetros cuadrados de extensión, está casi del tamaño de China, abarca Argelia, Túnez, Marruecos, Mauritania, Malí, Níger, Libia, Chad, Egipto y Sudán y si, somos los turistas los que venimos, conocemos y nos paseamos en el desierto.

El viaje en dromedario terminó por la noche, justo cuando la luz tenue se había ido. Me esperaba un campamento de jaimas, una especie de casa de campaña en versión desierto. La cobija que me abrazaría por la noche era pesada, de lana y dura. No, no pasé frío y vaya que hizo frío, la temperatura por la noche en desierto es extrema y lo que me sirvió para cubrirme del sol por el día, por la noche se volvía un trapo más para taparse del frío.

Aquella noche sin luz eléctrica pero con luz de las estrellas y la luna, me acosté en la arena esperando ver una estrella fugaz. Algunas chicas estaban dispersas y escuchaba sus gritos de emoción por ver una y otra, aparentemente se cansaron de verlas pero claro, cuando las oía, mi reacción era de voltear y buscar pero no alcanzaba. Dejé de buscar, sólo miré al cielo que como en tercera dimensión me pedía que las tocara. No logré ver ninguna estrella fugaz aquella noche. Tendré que volver, me dije, me entretuve con la Osa Mayor y a la Osa Menor y buscando a otras constelaciones.

Caí rendida aquel día, me esperaba la mañana siguiente, La Gran Duna a las cinco de la madrugada. Las dunas más altas de Marruecos están en Erg Chebbi, en Merzouga, la más alta es de 200 metros. ¿Subir 200 metros? No parecía complicado, incluso cuando la tuve de frente no dude en que llegaría a la cima. No es tan alta, pensé.

Recuerdo que se hicieron dos senderos para subir, tomé el izquierdo y empecé mi camino en solitario.  Yo arranqué con energía, comencé a zigzaguear  paso tras paso, dejé de mirar arriba y mi cabeza estaba sólo viendo cómo mis pies se enterraban en la arena. Paré, volví a tomar camino, bajé el ritmo, seguí, me resistía  a detenerme, pero me detuve. ¿Qué pasa? No habían pasado más de diez minutos y estaba respirando con dificultad, sintiendo los gritos de mi corazón. Algunas chicas se iban quedando o descansando, otras gritaban por haber llegado a la cima. Respiré profundo, esperé a bajar el ritmo cardíaco y volví  a caminar para darme cuenta que cada paso que daba era un retroceso, largo o corto, pisaba y retrocedía. Empecé a usar mis manos y subir a cuatro patas, avancé. La arena en los zapatos los hizo más pesados, me los quité. Ya no quise parar, bajé el ritmo y seguí, seguí y llegué. ¡Qué difícil estuvo esto!

Debí tardarme unos treinta o cuarenta minutos. Pero una vez en la cima me senté y esperé a ver cómo salía el sol. Maravillada porque logré subir, por la vista, la altura, por el desierto. Estaba en algún punto que no podía más que intentar imaginar en el norte de África, sintiendo los rayos del sol como si  sólo fueran para mi y compartiéndolos con las dunas.

Marruecos es lo más alejado a mi cultura que he vivido, tal ves por eso me pareció fascinante. Quería hablar árabe, expresarme en árabe. Conocer más de la historia de este desierto, de su lucha territorial, de los que por aquí han pasado, de las historias que aquí se han vivido. Marruecos está lleno de misticismo y hay que pisar esta tierra para sentir la energía que emana y entonces, aproximarse a su palpitar y conocer su ritmo.

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Sobre el autor

Periodista en viajes de Tijuana en Barcelona. Es editora y creadora de contenidos.

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