Me acuerdo de los jardineros trabajando en el parque El Retiro de Madrid, caminaban y parecía que iban pisando nueces. Del grupo de tres compañeros, dos hombres y una mujer que se encontraban en el Paseo de las Estatuas, sonrían. No fueron los únicos trabajadores que vi aquel día, empecé a encontrarme a otros y otros que allí viven su jornada laboral, que forman parte de la dinámica diaria del pulmón más importante de la ciudad. Un paseo por El Retiro, es una de esas paradas obligadas por Madrid si vienes de visita.

La última vez que había estado en la capital española, también era otoño. Me acuerdo que aquel día deseaba pasar la tarde en el parque porque ya se había vuelto costumbre visitarlo. No sé, los grandes parques de las grandes ciudades tienen una variada forma de pasar el día; además de ser puntos de encuentro y espacios de recreación, me parecen un espejo de personalidades que emergen de la ciudad. La gente es la ciudad, y qué mejor que un espacio al aire libre, abierto, público como este para observar a Madrid a través de los madrileños.

El Retiro es tan grande que en cada visita que hacía intentaba tomar nuevos caminos, deseaba conocer sus extensiones en un paseo de un par de horas y eso, poco a poco descubrí, era imposible. Aquel día de otoño me di el tiempo de conocer sus esquinas, recorrer el perímetro y descubrir otras zonas por medio de otras rutas; el parque es más grande de lo que puedo entender que son 118 hectáreas.

Yolanda Romero, jardinera que en 2016 cumple 9 años dándole cuidado a El Retiro. |Fotografía: Arlene Bayliss

Yolanda Romero, jardinera que en 2016 cumple 9 años dándole cuidado a El Retiro. |Fotografía: Arlene Bayliss

No había caminado mucho cuando me crucé con aquellos tres jardineros, las pisadas de otoño me susurraron.

  • Hola, le dije a uno.
  • ¿Qué tal? ¿Tomando fotos? Me responde con una sonrisa de sorpresa por mi acercamiento.
  • Sí, está todo muy bonito y más en estas fechas, le comento.
  • ¿Mucho trabajo?
  • Tranquilo, está tranquilo, me dice.

Se presentó como Rubén Darío y al decir su nombre me miró esperando lo que seguramente ha repetido miles de ocasiones. Sí, como el poeta nicaragüense, pero yo soy dominicano. Rubén tiene siete años trabajando como jardinero en el parque y no está muy seguro de por qué tengo interés en su trabajo, sin embargo, es receptivo.

  • ¿Qué tal es trabajar en el parque?
  • Imagínate, me dice al mismo tiempo que se acerca su compañera, también curiosa.

A Yolanda Romero, madrileña que en marzo cumple nueve años en la jardinería de este parque, le hago la misma pregunta.

  • ¿Qué se siente trabajar en este parque?
  • Pues imagínate, me dijo también sonriendo.
  • ¿Mucho trabajo en otoño? los cuestiono.
  • En primavera es peor, sale la hierba por todas partes, dice Yolanda.

Busqué la mirada de Rubén que en su comunicación corporal me pedía la palabra. Nos vas a disculpar, mi niña, pero es la hora del almuerzo. Nos despedimos, les pedí un par de fotos, las hice. Nos volvimos a despedir y nos alejamos. Su tercer compañero siempre esperó en el pequeño carro de trabajo.

El Retiro de Madrid. |Fotografías: Arlene Bayliss

El Retiro de Madrid. |Fotografías: Arlene Bayliss

Seguí por el Paseo de las Estatuas, ese gran camino de esculturas dedicadas a los Monarcas de España y llegué al punto central del parque, al lago.  Solo en estos grandes parques o es precisamente porque son grandes, se encuentran esculturas y monumentos que juegan un papel más allá que el decorativo en el espacio. Recordatorios, hechos que se siembran como árboles para que hagan raíz en puntos que se vuelven emblemáticos. Como el monumento dedicado al rey Alfonso XII, las hermosas fuentes; los jardines, La Rosaleda los detalles de las farolas, las bancas, las puertas, el Palacio de Cristal, esto es un parque de otro nivel, va más allá de las áreas verdes y de los juegos infantiles

Cerca del lago me detuve frente a un señor que le estaba dando de comer a las palomas desde su mano y me quedé unos minutos frente a él, mirándolo. Me dio vergüenza acercarme y pedirle compartir comida para las palomas y ahí me quedé esperando que me mirara y leyera mi inquietud. Pero no fue así, no se inmuto ante mi presencia. Me fui. Todavía a lo lejos volví a mirar atrás, y nada.

Seguí y camine y camine. Miré a una chica acostada en bañador bajo un rayo potente de sol, a unos niños de dos o tres años jugando en grupo, a un paseador de perros, a un grupo de hombres realizando meditación, a unas chicas haciendo yoga; me encontré a un par de jardineros más. A madres y sus carritos paseando a sus hijos, a chicos en bicicleta, novios caminando de la mano, compañeros de trabajo comiendo un bocata, hombres y mujeres solos, leyendo. ¡Hay de todo!

Llegué a otro extremo, miré a lo lejos una puerta grande, un sendero vestido de altos y delgados árboles. Jaló mi atención un hombre mayor, posiblemente de unos 60 años, ligeramente delgado, calzaba zapato de vestir, saco sin corbata y un sombrero. Un hombre mayor con toda la elegancia de la vida urbana, en bicicleta. Venía hacia mí y poco a poco dejó de pedalear para dejarse llevar con sentido a la izquierda, cruzó su pierna derecha y se dejó caer para caminar; dejó su bicicleta sobre un árbol, sacó el periódico de su canasta y se sentó en la banca. De su saco veo salir una cajetilla de cigarros y pienso: ¿Me acerco a saludar? No tuve mucho tiempo de pensar porque no detuve el paso y llegué a tenerlo de frente.

  • ¿Lo puedo acompañar? Le pregunté mirándonos a los ojos.
  • No, me dijo.

Un poco confundida pero no ofendida seguí mi camino.

Retomé el camino y crucé unos jardines que me recordaron a un laberinto. Escuché ¡Sh! ¡Sh! Volteé y miré a un hombre, no encontré razón alguna para que me llamara a mí, obvié que le hablaba a otra persona y simplemente lo ignoré y seguí mi paso. Llegué a una biblioteca. Una biblioteca pública que, aunque su nombre es Eugenio Trías, es conocida como La Casa de Fieras porque hasta 1972 había sido el zoológico de la ciudad; fue el segundo zoológico de Europa, por allá de 1774.

El Retiro de Madrid. |Fotografías: Arlene Bayliss

El músico Andrés Sarriá creando atmósfera |Fotografías: Arlene Bayliss

Escuché un saxofón y me fui por la música. Era Andrés Sarriá, cubano y español. Desde hace cinco años toca aquí; ya conoce a los artistas, a los jardineros y a los que hacen ¡Sh! ¡Sh!

  • ¿Qué se siente trabajar en El retiro? Le pregunto.
  • ¡Imagínate!

La respuesta que se repetía ¡Imagínate!

Mientras hablo con él, se acercan a saludarlo, la gente ya lo conoce. Le tomé algunas fotografías. Él no paraba de hablar, habló con todos, a todos nos presentó y llegó un momento que el parque se transformó en el jardín de Andrés, el de su casa. Nadie dejó monedas, nadie le compró un disco. Solo hablamos, de la vida, del día, del otoño.

Nos despedimos unas tres ocasiones. Me fui y seguí caminando.

Parece que los trabajadores del parque son una familia. Parece que para unos, como para mí, venir al parque es dar un paseo, es distraerse un rato, perderse entre el olor a tierra mojada mientras para otros, éste es su día a día; ambientar y cuidar a El Retiro por cinco u ocho horas diarias. Descubro que los trabajadores son esenciales y especiales en la vida del parque, como los visitantes, ya sea que vengan una vez en su vida o de forma recurrente, todos convergen en un área verde con mucha historia, con unos 400 años de historia más o menos; y muchos son los que parecen encontrar aquí un lugar, lo hacen suyo.

Veo mi reloj y pienso que nunca será suficiente. El Retiro, como la capital de España es de innumerables y distintas hojas de altos árboles, de gruesas y viejas raíces. Es densa. Habrá que venir un sábado por la mañana o un jueves por la tarde, habrá venir siempre, incluir en cada visita a Madrid, un paseo por El Retiro. Después de todo, por eso dicen que es una parada obligada.

 

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Sobre el autor

Periodista en viajes de Tijuana en Barcelona. Es editora y creadora de contenidos.

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