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En el muelle de El Puerto de la Cruz, Tenerife

Dejo el coche en la explanada y me acerco al muelle pesquero de El Puerto de la Cruz. A esta hora las barquitas fondean a varios metros de distancia de la costa y la pequeña playa de callaos ha sido tomada por locales y extranjeros que se bañan y toman el sol sin importarles la incomodidad del terreno.

Los muros de piedra que estructuran el muelle convierten esta zona en una piscina de aguas mansas que apenas forman espuma al romper en la orilla. Esta tranquilidad actúa como un imán para las familias que, más seguras, dejan que los niños jueguen libremente de un lado para otro. Mientras tanto, los pescadores faenan un poco más lejos, escondidos en cualquier esquina con sus aparejos… y su paciencia.

Dicen que El Puerto de la Cruz ha perdido su identidad, el sabor de antaño. Esta localidad norteña se presenta como la cuna del turismo en Canarias y es uno de los principales destinos para los turistas que visitan Tenerife. A finales del siglo XIX, El Puerto de la Cruz inauguró su primer hotel y en los años sesenta del XX el boom turístico tuvo gran repercusión en la ciudad, con la creación de numerosos establecimientos y locales para satisfacer la experiencia de los visitantes.

Sus calles y avenidas te hacen sentir en unas vacaciones constantes, no sólo por la presencia de hoteles, sino por el trasiego de turistas y el rumor de idiomas extranjeros. Aun así, me gusta pasear por El Puerto y refugiarme en alguno de sus rincones, los que todavía mantienen su esencia, como la plaza del Charco, la iglesia de la Virgen de la Peña, el barrio de La Ranilla o el muelle pesquero.

El muelle es uno de los símbolos y tiene mucho que ver con el origen de la ciudad, que empezó siendo un poblado de pescadores que, a principios del siglo XVI, se eligió como puerto de La Orotava para poder dar salida a los productos del valle. Primero se estableció en la desembocadura del barranco de San Felipe, pero debido a las malas corrientes y al oleaje, se trasladó al emplazamiento actual. Junto al muelle se instaló una batería de cañones y se colocó una cruz de madera, que dio nombre al embarcadero y a la ciudad. Así que la cruz que vemos hoy adosada a la Casa de la Aduana no es una casualidad o un mero adorno.

Hay que ser valiente para descalzarse y caminar por las piedras con los pies desnudos. Ay, ay, ay… Ya estoy en la orilla. El agua fresca me alivia. Contemplo el panorama que me rodea. Me alegra ver que la mayoría de las personas que frecuentan el muelle y la playa son portuenses. Aquí donde hoy se divierten, siglos atrás era un lugar de trabajo fundamental para la economía de la isla. Cierro los ojos, y mientras escucho de fondo el sonido ligero del mar, me imagino los trabajos de carga y descarga de mercancías, donde triunfaron en su momento el azúcar y el vino.

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Nació en Logroño pero vive en Tenerife desde los ocho años. Es graduada en Periodismo con un Máster en Periodismo de Viajes. A esta española curiosa e inquieta le gusta viajar con su cámara de fotos y libreta en mano, ya sea al otro lado del mundo o a la vuelta de la esquina.
2 Comentarios sobre esta publicación.
  • aznar-fotógrafo
    2 Noviembre 2015 at 1:26 pm
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    Acabo de llegar a casa después de realizar un paseo por este puerto que mencionas…jajaja buena narración

  • Virginia Martínez
    2 Noviembre 2015 at 4:48 pm
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    Qué casualidad jejeje. Es un rincón especial de El Puerto. Me alegro de que te haya gustado. ¡Un abrazo!

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