Ensayo

Tentativa de alcanzar el horizonte

La razón última de toda travesía es la atracción que genera la línea del horizonte.”

“La literatura es el registro de nuestros viajes a través de las memorias, no tanto del mundo tal y como es —pues resulta inconcebible tratar de expresarlo— sino según lo que tempranamente percibió Aristóteles: el mundo como pudo, puede o podría ser.”

Rafael Argullol

Todo lo que veo es sal y nada más: una llanura blanca surcada de cicatrices geométricas. Voy a bordo del único autobús local que cruza el salar de Uyuni de punta a punta, acompañada de un pastor anciano llamado Eloy, el único de nosotros que conoce la diferencia entre alpacas, llamas y vicuñas. Ahora regresa a su pueblo, al otro lado de este desierto yermo. Estamos atravesando la mayor extensión de sal del mundo y todo lo que Eloy y yo podemos ver, más allá del blanco que nos daña de tan blanco en los ojos, es una línea curva: allí donde se termina la tierra y comienza el cielo: su horizonte y mi horizonte.

Este horizonte me pertenece solo a mí porque, en realidad, viene conmigo: es una línea móvil que avanza siempre cuando avanzo yo, imparable y equidistante. Yo diría que es la proyección más lejana de mi cuerpo porque es hasta él, y no más allá, hasta donde alcanza mi vista. Todo lo que hay detrás de él es un enigma y ese enigma es la razón principal por la que viajo: para revelarlo. Enigma y horizonte son dos constantes en nuestras vidas, como respirar, quizá: constantes involuntarias, que nos pertenecen por nuestra condición de ser humanos: Mientras escribo esto leo Aventura. Una filosofía nómada”, de Rafael Argullol, un libro que habla del conocimiento. ¿Y no es el conocimiento también viaje?

Eloy y su horizonte. |Fotografía: Marina Hernández

El señor Eloy, que me acompaña en este paseo por sales prehistóricas ya sabe que cuando mira el horizonte, esa línea combada allí a lo lejos, está mirando su hogar. Sabe que su rebaño espera a orillas del campo de quinua, que Aurora, su mujer, estará separando el grano de la piedra sobre una tela de colores, abandonada como una isla en medio de un vacío reflectante, sabe que está regresando a su finca, su cocina, su hogar. Para mí, en cambio, su horizonte me es desconocido y solo puedo preguntarme qué es lo que cabe en el mío, qué llegará después de este cielo y este suelo de grietas.

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Nos acercamos al conocimiento de la realidad siempre de forma tentativa porque no existe un camino hacia la verdad, sino que lo que llamamos verdad es la acumulación de nuestras experiencias. Argullol se pregunta en su libro “¿desde dónde miramos el río?”, y nos dice que mirar el río es lo mismo que mirar el mundo y que hay, por contarte esto de forma breve, tan solo dos maneras: desde lejos, donde el río parece inamovible e inmutable, como si no fluyera el agua, todo quietud; y desde cerca, donde el río nunca puede ser dos veces el mismo río, donde la corriente no se detiene nunca, en permanente transformación de sí mismo.

Así, el mundo también lo vemos desde nuestros dos miradores, como cuando yo observo mi patria desde el salar, Bolivia, y la siento estancada y vacía o, como ahora, desde tan de cerca, y veo un enorme hormiguero donde la velocidad de nuestros cuerpos me pasa rozando, me toca y me cambia; o como cuando recién descubro la ciudad de la que tanto he leído, Buenos Aires quizá, o tal vez Barcelona, desde adentro de sus calles siempre vivas, irreconocibles en la imagen mental que ya traía de ellas, las mismas que escribieron Cortázar, Peri Rossi y tantos otros. A la patria y a las ciudades, al mundo en definitiva, los aprehendemos por acumulación de estratos: por la suma de los reflejos que, desde lejos y desde cerca, tomamos de ellos. En esta vida toda experiencia y toda verdad es solo cuestión de mirada. 

El horizonte de el Salar de Uyuni, en Bolivia. |Fotografía: Marina Hernández

Alcanzar el horizonte es un oxímoron porque al horizonte no puede alcanzarlo nadie: en realidad, no existe. Podríamos decir, mejor, que el horizonte es un motor, capaz de generar en nosotros la curiosidad y el asombro necesarios para ir hacia él, sabiéndolo provisorio, siempre móvil, y que es, además, capaz de provocarnos una extrañísima mezcla de añoranza y nostalgia por ese enigma que se resuelve a medida que avanzamos sobre la superficie del mundo y profundizamos en sus misterios. El deseo de conocer, una vez satisfecho, solo vuelve a nacer cuando comprendemos que todo enigma revelado no es sino un indicio de una nueva pregunta irresoluta. Como una gran matrioska, cada respuesta es siempre provisional y encierra una nueva cuestión secreta en su interior. Nosotros, atraídos irremediablemente por el deseo de saber, partimos una y otra vez para saber qué esconde.

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La que viaja, que soy yo, sabe que la diferencia entre el señor Eloy y su rebaño y el nómada que no conoce una casa, es que el horizonte del anciano es sólido (una imagen de ida y vuelta en un espacio reducido y sin preguntas ni imprevistos, hasta la tormenta que está por llegar es conocida) y el de nosotros los errantes se diluye con cada nuevo avance, como también se diluye la imagen que tenemos de nosotros mismos. La que viaja, que soy yo, sabe que solo se ve a sí misma cuando mira hacia atrás. Como Edipo le dijo a la esfinge, yo le digo a la fantasía de una identidad sólida: yo soy lo otro que hay en mí. Ese “otro” no es otra cosa que el enigma que nos empuja hacia el abismo que nace en una línea curva a ras de cielo. El errante aprende a vivir como los que eligieron ver en el horizonte una patria: en la contradicción: estar aquí y allí, solo y acompañado, adentro y afuera del río, ser uno y ser otro, la contención y también la desmesura.

El errante avanza siempre y sin descanso pero desde lo alto de una isla de rocas y cactus también puede mirar hacia atrás y reconocer el horizonte de donde proviene, lo que ya recorrió, lo que se desveló en su camino, las preguntas que resolvió y que lo trajeron hasta aquí, al borde de un océano de sal interminable y agrietado como las tierras sin agua. Porque dice Argullol:

“Avanzar en el conocimiento, y también en la libertad, es la capacidad de vivir en el interior de la contradicción, la capacidad de tener una doble mirada sobre el río.”

Una doble mirada sobre el mundo, sobre el yo mismo y su objetivo último: el conocimiento. O quizás el horizonte.

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Periodista, escritora y viajera. Se ha especializado en crónica y ensayo sobre viajes y en escrituras del yo e imparte cursos de escritura de viajes desde Madrid.
4 Comentarios sobre esta publicación.
  • Ori
    12 Enero 2017 at 3:16 pm
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    Mari 🙂 : Avanzar en el conocimiento, y también en la libertad, es la capacidad de vivir en el interior de la contradicción, la capacidad de tener una doble mirada sobre el río.”

    Entender que somos un revoltijo de historias.

    • Marina
      29 Enero 2017 at 7:02 pm
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      Y una pura contradicción en nosotras mismas <3 Gracias Ori.

  • Jaime González
    12 Enero 2017 at 6:50 pm
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    Enigma, horizonte. Dualidad que nos acompaña. Los viajeros somos movimiento constante descubriendo horizontes, y cuando creemos que los alcanzamos, se abre otro “Re-evolución” de nosotros mismos, de la metáfora que da sentido a nuestras vidas: el viaje.

    • marina
      29 Enero 2017 at 7:11 pm
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      Sí, yo creo que esa dualidad es muy sana, que nos impulsa siempre a continuar más allá. Y nosotros, humanos, cambiamos con el camino. Hermoso. Gracias por el comentario.

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