El ensordecedor ruido que causa el hielo al romperse, el contraste de los oscuros colores de la tierra y las montañas, los trozos de “oro negro” que caen al río son un compendio de maravillas que hacen del Tronador un glaciar único, encajado entre dos montañas y haciendo más enérgico y majestuoso el Parque Nacional Nahuel Huapi.
Llegar a Argentina fue un regalo, unas vacaciones esperadas y una sorpresa grandiosa, encontrarme con la Patagonia fue, ser parte de un milagro llamado planeta, que no agota su capacidad para sorprender a los viajeros, cada lugar maravilla más que el anterior. Bariloche me recibió llena de cenizas volcánicas, los Andes chilenos estaban en movimiento y una densa neblina de piedra pome cubría parte de las pampas patagónicas, la ciudad estaba sumida en una profunda tristeza porque esa primavera que recién empezaba se veía opacada por las nubes cenicientas y las jugarretas de las placas tectónicas.
Aun ante la perspectiva de no estar viendo la ciudad en su pleno color de primavera, me aventuré a conocer los circuitos (el chico y el grande) que circundan la ciudad, a tomar chocolate caliente y comer tartas de almendras y manzanas, a disfrutar del arte y la magia con la que trabajan la madera y elaboran esas espectaculares figuras, la arquitectura propia de la región con esas casitas alineadas en diferentes tonos de marrón y admirar la flora que se negaba a sufrir las embestidas de las cenizas y decidió mostrar su mejor y mas intenso colorido. Quería llegar a las montañas, explorar mas allá de la ciudad, contacté a una agencia de viajes y me hablaron del Glaciar Tronador, de las maravillas naturales del Nahuel Huapi, de las truchas desobando, los árboles milenarios, del oro negro. No había mas que pensar, Tronador sería el destino de las próximas excursiones patagónicas. El servicio y la variedad de los productos turísticos es grandioso, en Bariloche saben el gran poder que tienen sus atractivos y lo manejan con genialidad.
El día que entré en los linderos del Parque, me interné en su naturaleza pujante me enamoré profundamente de esa tierra. Antes de llegar al Tronador, pasamos a ver la cascada Los Alerces, que le debe su nombre a unos milenarios árboles que crecen en las fauces de esos ríos. El camino está lleno de milagros, una tienda de comida de una señora de cien años que se ha casado cuatro veces y su último esposo tiene sesenta, un local con mesas a lo largo y manteles de plástico, sirven gastronomía para pasar el frío y es atendido por su dueña personalmente, ella lleva su centenario en la piel, en las pecas de la nariz y en el brillo de sus ojos, un cabello plateado y unas manos venosas cuentan todo lo que han visto pasar. Sin duda alguien imposible de olvidar. De ahí hasta caminar a la cascada y a esa violencia con la que cae el agua, desesperada por llegar a la tranquilidad del río, cubrir sus piedras, sonreirle al sol y finalmente arribar al mar. Los puentes desde donde se avista la caída de agua es de una madera desgastada que cruje al pasar y permite ver un cuadro hermoso lleno de oxígeno líquido, verde de montaña, un clima deliciosamente frío para esta curtida piel del trópico y al fondo esos alerces, esos árboles tan altos que ven donde nadie puede imaginar que llega su vista y se enorgullecen de sus más de mil años.
Al retornar al camino principal, paramos en un puente sobre un río a ver unas truchas, ellas en su rutina viendo a ese montón de forasteros admirando y fotografiando su cotidianidad, era un paisaje soñado que llamaba a la paz, lleno de árboles y un bote abandonado a las orillas del río, una zona en recuperación por un incendio ocurrido unos años atrás y que aún muestra trazos oscuros del paso del fuego, se tomará mucho tiempo volver a florecer. Después de esos momentos de paz y oxígeno, flores y árboles, truchas y piedras en el río, se emprendió la ruta a lo más esperado de esta travesía, el Glaciar Tronador.
Un camino curvo de una vía estrecha, un stop a comer en un parador en la mitad del camino en una casita acogedora hecha con las mismas premisas de la arquitectura patagónica de madera barnizada y olor a chimenea, finalmente media hora mas tarde llegábamos a un lugar donde la tierra es oscura, el panorama es misterioso y el silencio es espeso, la tensión de lugar la rompe el Tronador, ahí se entiende con contundencia su nombre. El hielo quebrándose genera una ruptura desgarrada de la quietud, cae el hielo en las faldas de las montañas donde está encajado el glaciar, rueda sobre la tierra oscura y al caer al río salpica sobre el agua y flota el místico oro negro que navega hasta derretirse y fundirse con las demás aguas del parque.
El espacio para acceder a ver el Tronador es amplio, la tierra intercambia su paleta entre el gris y el negro, las aguas del río son oscuras y cuenta la guía del grupo de turismo, que no es usual encontrar bruma en el lugar, había una especie de neblina espesa que no dejaba ver bien el glaciar y eso daba un toque de misterio adicional a la ya maravillosa e imponente naturaleza. Después nos confirmaron que no era niebla, ni bruma, ni frío, era la ceniza del volcán chileno, el travieso que nos hizo la jugarreta de difuminar los colores y la nitidez del paisaje, parecía un borrón gris en el que sólo nos acompañaba el ruido del Tronador cuando se quebraba el hielo, lo demás tuvimos que dejarlo a la imaginación.
El retorno fue igualmente mágico, porque se ve lo que no se pudo ver a la ida, las flores del camino, el color de los lagos, las piedras apiladas y la caída de la tarde. Llegamos a Bariloche casi de noche, acariciando los últimos colores del atardecer cayendo sobre las aguas del Lago Gutierrez, fui al encuentro con mis amigos que me estaban esperando y de ahí a disfrutar de la ciudad de noche, a degustar las delicias patagónicas, a respirar esa mezcla de primavera con cenizas volcánicas, a disfrutar de la paz de una ciudad diseñada para recibir viajeros.
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Sobre el autor

Venezolana residente en Panamá. Licenciada en administración de turismo con un máster en periodismo de viajes, una fusión que hoy ejerce y comparte desde Centroamérica.