Algunas personas lo llaman el lugar más feliz en la tierra, otros dicen que es un lugar peligroso, que ha sido la ciudad del pecado, pero ¿sabes qué? No me importa… Tijuana makes me happy. Nortec Collective

Tijuana está muy lejos del centro del país. Aquí no hay ruinas mayas, ni aztecas, ni mixtecas; es tierra de misiones jesuitas. Aquí las frases intercalan dos idiomas, «hello baby, me voy al work y luego me retacho, see you en la noche», y no pasa más de una semana sin que los tijuanenses crucemos al otro lado del muro a cambiar nuestros pesos por dólares. Tijuana es otro México. No es un águila encima de un nopal, ni tampoco una estrella más entre las barras: es la frontera.

La línea es sólo una valla metálica que recorre y rebasa la longitud del aeropuerto de la ciudad, llena de cruces blancas; un recorrido convertido en manifestación por aquellos que se fueron y no regresaron más. «De este lado también hay sueños», se lee sobre la pared de la que sobresalen esas cruces que llevan nombre y apellido, una nacionalidad. El conjunto representa la forma de expresión artística de la gente de Tijuana, un modo de vida dividido en dos y plasmado en los muros de toda la ciudad.

“Cuidado que no se me meta en la fila”, “a ver qué fila avanza más”,  “qué calor que hace y el vecino con la música a todo volumen”, “dame un elotito, ponle queso y mantequilla, chile, limón y sal”. Hay dos modos de cruzar la frontera: en la eterna fila de carros o peatones legales que esperan hasta tres horas para pasar; o como los indocumentados, que desean ganar en dólares y pagan pequeñas fortunas a los «coyotes», quienes, sin garantías, los dejan al otro lado. La incertidumbre es el detonante común que enciende la creación artística en la urbe fronteriza. Las calles hablan de esas historias, como lienzos para un grafiti que ha pasado de rayones delictivos a expresiones creativas; denuncias que dibujan a una ciudad de 125 años que insiste en buscar y resaltar su propia identidad, aún sin escapar de su cruz: la línea.

Los costos de cruzar un muro. Fotografía Omar Martínez

Los costos de cruzar un muro. Fotografía Omar Martínez

Arte Urbano en la Frontera

El camino de la valla metálica del aeropuerto termina en Playas de Tijuana, en las aguas del Pacífico, que también son divididas. No hay cruces pero sí barrotes con nombres y apellidos, con frases como: «En esta esquina, ¿estás de mi lado?» O: «Aquí es donde rebotan los sueños». El malecón de Playas es un recorrer de imágenes entre taxis, guayinas y calafias, músicos del estilo norteño y frases de acción poética: «Hay que enamorarse inmediatamente, tu sabor en mis labios, soñarte es sublime». Un hombre acostado en una barda de más de diez metros, con sus ropas entre grises y marrones y rodeado de colores metálico-intensos, acompaña en paralelo a la barrera de metal sobre la Avenida Internacional que culmina en el mar del océano Pacífico. Una marca de Alfredo Libre Gutiérrez, arquitecto y pintor, que recuerda a los que a veces se vuelven invisibles: los indigentes. En conjunto, expresiones nacidas del impulso para no ahogarse y pintar la violencia de colores mexicanos.

Otras paredes muestran el lenguaje de los hombres del Norte con sombreros y botas. También están los que señalan con sus manos el nombre de su barrio, con sus cachuchas o gorras, la caguama en la mano, el paliacate en la cabeza y el calzado deportivo con pantalón corto y calcetas largas. Un grafiti característico de Alfonso Delgadillo, conocido como el Norteño, que intenta acercar el arte urbano a los que no irán a una galería o a un museo, que viven entre calles de tierra, casas mal construidas, zonas apartadas y altos niveles de delincuencia.

Estos artistas representan a una nueva generación, pero el grafiti en la ciudad no es tan nuevo. Manuel Varrona, profesor de artes plásticas, pintor, muralista y escultor nacido en esta tierra, es un pionero de la plástica bajacaliforniana. Para él, «los murales se quedan de manera permanente» y hacen recordar la historia de esa Tijuana que se transforma cíclicamente, a través de muros ya decolorados por el sol pero que no se quieren borrar ni olvidar, y terminan convirtiéndose en parte del paisaje, del subconsciente colectivo. Tras su formación en la Ciudad de México y París, regresó a Tijuana, en donde se encuentra uno de sus últimos trabajos, dedicado a los colegas que ya no están pero estarán siempre, en el Pasaje Rodríguez. Éste es un antiguo callejón en el corazón de la ciudad, entre abandonado y en decadencia, que funge como escaparate para artistas de diferentes disciplinas.

Las olas de crimen entre 2007 y 2009 provocaron un resurgimiento para Tijuana. Nacieron y se reciclaron nuevos espacios y escaparates artísticos, culturales y sociales que buscan convertir la «guerra contra el narcotráfico» en un empuje artístico, en inspiración, en un eslogan creativo. Algunas casas fueron utilizadas por el narcotráfico para construir túneles que conectaran los dos países, y que hoy se han transformado en centros de arte; como la Casa del Túnel en la Colonia Federal, que funciona como una escuela de arte y hogar del Culture Beat México, o el Worldbeat Cultural Center de San Diego.

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“Junta Nahual” mural de Libre Gutiérrez, en el Fraccionamiento El Florido. Fotografía: Libre Gutiérrez

«La Sexta», que hace referencia al número de la calle en la Zona Centro, es un barrio de bares y comercios que dentro de estos impulsos resurge con nuevos colores y antiguas cantinas renovadas. Esta zona ecléctica se construye entre tarros de cerveza artesanal y mezcales de sabores para bailar con cumbias, norteñas y canciones de banda que le hacen ojitos a lo electrónico. La oferta gastronómica, mezcla de folclore y gringada: pizzas con salsa valentina, hot dogs y tacos de asada con harto guacamole. Néstor García Canclini describió a la ciudad como «uno de los mayores laboratorios de la postmodernidad». Tijuana es un contraste que incluso tiene sabores: no sólo huele a tacos de birria, sino a Baja Med; a carpaccio de remolacha con queso azul y aderezo de menta; a pato a la parrilla; a tacos de pescado a la tempura, y a unas costillas bañadas en un jarabe de higo encima de una salsa de mole negro.

«Entre olas y capas, literatura y grafiti llenos de contradicciones contemporáneas, es en una zona compleja donde los conceptos de los artistas pueden abordar innumerables problemáticas y áreas del conocimiento tanto científico como cultural» dice Betsabeé Romero, mexicana con más de treinta muestras artísticas en varios países. Tras haber participado en el proyecto Insite97 Tijuana-San Diego, descubrió en esta ciudad del Norte «un punto muy específico para entender lo mejor y lo peor que hay en esta zona límite y de los más altos contrastes a los que uno puede enfrentarse como ser humano en el mundo contemporáneo».

Esta síntesis de mundos también ha generado una corriente literaria de fuertes escritores fronterizos. Géneros como la narcoliteratura de Federico Campbell y nuevos jóvenes narradores nacidos entre los sesenta y setenta han plasmado el vivir de una sociedad que se enfrenta a la contradicción cultural. Dice el escritor y periodista Daniel Salinas: «Sin ser París ni Roma, Tijuana siempre logra colarse furtivamente; obvia decir que las incursiones literarias a nuestra ciudad casi siempre tienen que ver con migración ilegal, vicio, sexo, crimen o incluso boxeo». Estos mismos temas desarrollan Yuri Herrera y Carlos Velázquez, que marcan el ritmo de las letras norteñas con obras que cruzan la frontera y se escriben en el lenguaje oral de los «espaldas mojadas».

«Tijuana no gris, sino sepia, que se ha reído un poco de su leyenda negra y se ha transformado, a golpe de trabajo y esfuerzo, en una ciudad innovadora y complicadamente referencial, puerta de entrada del rock, el punk y la electrónica sin pretender hacer de eso material de orgullo ni de estigma, asimétricamente híbrida y multicultural, la maquiladora de sueños, una distopía que asusta pero que intriga tanto a connacionales como a extranjeros», describe Rafael Saavedra en nuestra realidad más underground, «mientras exista gente en la ciudad tratando de dar sentido a lo que diario ocurre, Tijuana seguirá siendo cool».

La revolución del lenguaje la escribe Luis Humberto Crosthwaite en Estrella de la calle sexta. Párrafos de puro monólogo interior donde la gramática y la ortografía pierden su vigencia para dejar hablar sin censura al tijuanense de a pie: «El gringo es otro rollo, se cree dueño del mundo; yo no, yo nomás tengo esta esquina, este pedazo de banqueta que es el universo». Gringos, cholos, pochos y chicanos, cada uno con su argot propio, se pasan la voz en el espanglish de un Norte contenido entre México y los Estados Unidos, sin cursivas ni comillas ni diccionarios, puro papel mojado para Crosthwaite: «Hey, hey, aquí nomás mirando pasar a las beibis. Todos los sábados me encuentras sentadito en esta esquina, tripeando, agarrando mi cura. ¿Ya viste aquella morra? Por esto estoy aquí, mirando mirando. Qué quieres que haga. Toda la semana en el trabajo, aguantando al pinche gringo, its tu mach. Este es mi único desahogo. Para qué quiero otra cosa».

Norte geográfico que se funde con el Sur del otro país, donde la identidad es mucho más que la nacionalidad de la tierra que pisas. Sin padre ni madre, Tijuana ha dado vida a una forma de arte y literatura que desborda al uno y otro lado de la frontera por donde se transvasan las lenguas, los sabores y también la fiebre del dólar. «Tijuana es tardía, con un desajuste central como urbe por no saber cuál es su ciudad madre, cuál es su ciudad padre y que por no saberlo, mira hacia el Norte, hacia San Diego como una ciudad padrastro que tiene como hermanastra a Los Ángeles», dijo mejor Heriberto Yépez. No somos de aquí ni de allá, pero en Tijuana los tacos siempre serán tacos aunque se paguen con dólares.

Fotografías: Omar Martínez

Texto publicado en Altair Magazine

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Sobre el autor

Periodista en viajes de Tijuana en Barcelona. Es editora y creadora de contenidos.