El contraste entre culturas en un mismo continente, el europeo, es notable sin necesidad de alejarse demasiado. Latinos y nórdicos somos diferentes mucho más allá de la dicotomía rubio o moreno, espigado o chaparro, corona o euro.

El segundo punto habitado más septentrional de Dinamarca es una recogida ciudad llamada Hirtshals. De allí zarpan barcos en dirección a Kristiansand, que es todo lo contrario a Hirtshals pero ya en territorio noruego: el punto más al sur de este país. Entre Barcelona y Hirtshals distan algo más de 2,300 kilómetros. En ese tramo invertí tres días con mi motocicleta cargada hasta arriba; el segundo de ellos, cruzando de sur a norte Alemania con la desagradable compañía de una lluvia intermitente. El tercero y último, subiendo por Dinamarca como un cohete hacia la Luna durante un precioso día en el que ahora sí salió el sol.

Desde Dinamarca te plantas en Noruega por mar apenas sin darte cuenta. Aunque la distancia es de cerca de cuatrocientos kilómetros, el navío que te lleva es más barco que ferry porque el tránsito de personas, constante, así lo requiere. En el intervalo que va desde que te instalas en la zona de asientos hasta que subes a cubierta a fumar un cigarrillo, prácticamente cuando lo estás apagando oteas ya territorio noruego en la lejanía.

Un barco con su propio casino, predispuesta como es la gente de estos lares  a gastar parte de su salario en los juegos de azar (en aguas internacionales durante el trayecto). Otros vicios a tu disposición mientras surcas el mar del Norte son el alcohol y el tabaco, que puedes comprar libres de impuestos. De vuelta a Dinamarca dichos productos tienen más éxito: muchos europeos, con tal de no cambiar una vez en casa las coronas que no han gastado en Noruega, las invierten en tabaco, por ejemplo. Y todos contentos.

Los noruegos son gente extraña; en un sentido neutro, ni negativo ni positivo. O en ambos, si se prefiere: a elegir. Guardan distancia por sistema, les cuesta reírte una gracia y parecen, a priori, desconfiados. A medida que transcurre el acercamiento se van soltando como si cada comentario jocoso que les haces fuese un chupito de tequila que se van bebiendo.

Desde el punto de vista masculino, el mío, aunque sin dejar al margen del análisis a los varones, el mito de las escandinavas como mujeres explosivas y muy atractivas no logré verificarlo completamente durante mi recorrido de diez días por aquel país. Ni tan rubias ni tan estilizadas como las hemos estigmatizado desde siempre los mediterráneos, en líneas generales suelen ser altas, cierto, aunque de constitución, digamos, fuerte. Extrapolando para precisar en la definición, el tanto por ciento de chicas atractivas es, a ojo, muy superior en países como España e Italia, por ejemplo, que en Noruega.

Latinos 1, Escandinavos 0. Vamos ganando en glamour.

Noruega contraataca, no obstante, con una lección de confianza, compromiso y respeto (que juntos suman civismo) digna de ser materia obligatoria en las escuelas de secundaria del sur de Europa.

Un par de ejemplos. En un sencillo y humilde camping de las afueras de Tonstad, el señor en edad de jubilación que lo regentaba me informó de que tenían servicio de lavadora y secadora, detalle que no podía desaprovechar para poner al día mi colada. Junto a la lavadora, una caja en la que se leía “15 coronas”. Una caja, un mensaje y nada más. Confianza en el cliente civilizado que, pese a que nadie le estaría viendo, nadie sabría si pagaba o no, respondería al dueño del camping depositando allí dentro las quince coronas para costear el servicio de lavandería.

En plena naturaleza sucede algo similar, con la única diferencia de que si en un camping es posible que puedas ser observado mientras no pagas por usar la lavadora, en una solitaria carretera a pie de fiordo, y mucho menos en una de interior, tal vez te intimide la asustadiza mirada de un reno, pero nada más. Aquí, en las pequeñas zonas de descanso de algunas curvas, el servicio que te prestan a cambio de tu honesta contribución es sobre todo el frescor y la dulzura de las cerezas, en cajitas de plástico como las que utilizan ciertos supermercados para envasar tomates. En cada caja debe de haber un cuarto de kilo de cerezas, que se supone que has de llevarte tras depositar veinte coronas en una cajita-hucha de madera.

Se supone, sólo se supone, como con el servicio de lavandería de aquel camping. Entre escandinavos y anglosajones estoy convencido de que el intercambio funciona correctamente, cívicamente, en el 99% de los casos; pero los portugueses, los españoles, los italianos o los griegos, entre otros, nacemos con cabellos rubios y ojos azules en contadas ocasiones, no sé si me explico. No se nos da tan bien, cuando nadie nos ve, lo de ser honestos.

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Sobre el autor

Licenciado en Historia y Máster en Periodismo de viajes, escribe, traduce y le da al guión. Observa y escribe; vive y cuenta, manteniendo entre ceja y ceja el dedicarse a la escritura sin cuestionarse la modalidad. Viajar es lo que le mueve: hacerlo en moto a ser posible.

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