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Cuando India sucede

Hay viajes que no se hacen hasta que toca. Es el caso de este recorrido de emociones por Kerala, al sur de India

No estaba lista para ir a la India. Me tomó varios años escuchar su llamada, esa invitación silenciosa que existe entre el país y el viajero que revisa el mapa buscando quién sabe qué. Cuando me preguntaban porqué no había ido aún, mi respuesta era la misma: no estoy preparada emocionalmente. No había miedo en mi sentencia, era más bien una curiosidad desbordada que al no tener de dónde agarrarse, no sabía bien en qué detalle detenerse. No pensaba en India como contraste. No pensaba en sus colores, ni su grandeza. Mucho menos pensaba en meditación. India era un mapa desdibujado.

Hace casi un año, cuando por fin me llamó, yo estaba viendo el mar. No sé cómo, pero supe que ya estaba lista para ir y entonces, en mi mente comenzaron a aparecer imágenes más concretas como cuando uno revisa algo en Google Maps: los nombres de las ciudades se veían con letras grandes y otros como líneas borrosas. Había relieve en mis pensamientos, como en los libros de geografía, y ese mar que tenía al frente se convirtió en otro, y también fue desierto y brisa caliente. Se volvió morado, amarillo y azul intenso, ruidoso y lejano. Esos minutos fueron la certeza del viaje por venir y aún así, no hice planes, no busqué boletos, no leí sobre posibles rutas. Nada, no hice nada. Y entonces, así de repente, meses después, me llegó una invitación para ir hasta allá y documentar todo lo que viera.

Lo primero que viene a mi mente mientras escribo esto, es la tibieza del Mar Arábico en mis pies, tan lejos del Caribe. El atardecer estaba a punto en Kovalam, en Kerala, muy al sur del país, y hacía calor; pero no en esa orilla donde algunas mujeres vestidas en sus saris de colores jugaban en el agua.

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Diario de India |Fotografías de Adriana Herrera

Había llegado a India, dos días antes de ese instante, después de un vuelo de catorce horas desde Miami a Doha, y otro más de cuatro horas hasta Trivandrum. Entre escalas, esperas y tiempo en el aire, pasé casi dos días viajando y durante todas esas horas fui incapaz de asimilar hacia dónde estaba volando. Me distrajo la turbulencia de casi media hora sobre el Atlántico que casi me hace vomitar, me ganó el sueño, las películas a deshoras y el cansancio acumulado de otros viajes. Ir en avión era como una pausa y aunque sabía que mi libreta estaba en el morral, me sentía incapaz de escribir. ¿Escribir qué?, ¿que voy a India? Ya veremos al llegar. ¿Y si no llego? Puede que el avión se caiga, que mi visa no esté bien, que hayan escrito mal mi nombre en alguno de los tantos papeles que llevo encima. A veces, cuando se viaja, lo que menos importa es el destino porque todas las incertidumbres son las mismas.

India me iba a suceder. Y yo iba a dejar que me pasara sin haber leído nada de ella. En algún momento, pensé que quizá los indios fuesen algo esquivos porque deben estar hartos que los viajeros se planten al frente de sus caras a hacer fotografías. Eso debe cansar. Y quizá por eso me sorprendió la absoluta quietud de quienes, sabiéndose observados, te miran también. Era como un juego de curiosidad, de reconocernos en las miradas, de dejarnos pasar a nuestros propios mundos. ¿Qué veían ellos en mí? No lo sé. Pero yo en ellos miraba sencillez y un montón de preguntas que hacían que los ojos brillaran y poco a poco hacían aparecer una sonrisa. Así que lo segundo que viene a mi mente cuando pienso en India, es la gente. Su amabilidad, su “good morning, ma’am” mientras movían la cabeza de lado a lado.

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Ya me lo habían dicho: el sur de India no es nada parecido al norte, donde todos los contrastes se acentúan. Supongo que es cierto. No puedo decir aún que conozco la India solo por haber recorrido Kerala, el más alfabetizado de todo el país y donde la gente anda más relajada. Debe ser el mar, me dijeron un día. Debe ser la cercanía del mar y las palmeras y el agua tibia que los hacen vivir a otro ritmo, tan lejos del Tah Majal.

No esperaba nada de Kerala y por eso se metió tan adentro. Era el sabor del coco, el calor agobiante, pero también la brisa zarandeando siempre las palmeras. Detesté los zancudos al final de cada tarde, pero aprecié cada mirada, cada cortesía, cada sonido de tambor, cada danza improvisada en la calle. Cada niño acercándose con sigilo a ver la cámara, cada mujer escondiéndose con su risa tras sus propias manos. Kerala fue para mí el mar y las carreteras estrechas siempre llena de motos, tuk tuks y gente caminando sin orden. Fue el contraste del calor y las montañas de Munnar cubiertas de plantaciones de té. Pero también fue la niebla de Kochi, el cielo siempre gris aunque sin lluvia. Fue el picante y el curry y las hojas de banana llenas de comida colorida: los mismos colores de las calles, de los vestidos, del horizonte que cada quien se va construyendo en el viaje.

Mientras India sucedía, me distraía con facilidad porque iba más rápido que mis ojos, aunque los sonidos ocurrían con lentitud. Me traje en la maleta las miradas y el anhelo de sentarme al borde de alguna escalera, cualquiera, a ver a la gente pasar, así como me veían a mi ir de un lado a otro. Pero entiendo que el ritmo de mi viaje no compaginaba con esa quietud y está bien. India sigue sucediendo a retazos, una y otra vez. Volví de India hace 29 días.

 

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Periodista de viajes, venezolana. Intento escribir crónicas, relatos y hacer fotos. Viajo sin prisa.

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