China está de moda, porque cada vez es más evidente que este país no tendrá solo un papel importante en el continente asiático, sino que lo tendrá a nivel mundial. Poco a poco, año a año, avanza posiciones entre los países más influyentes. En 2011 China ya había superado a Japón como segunda potencia mundial, y se ponía detrás de Estados Unidos a un ritmo de avance brutal que permitirá alcanzarlo en pocos años. Hace pocos días, el comercio chino (importaciones y exportaciones) ya superaba a los Estados Unidos. Con el posicionamiento en la luna de la sonda Chang’e 3 el pasado diciembre, China demostraba también estar a la altura en materia aeronáutica. Sólo le falta el poderío militar y ya podrá proclamarse como líder mundial. Y no tiene por qué extrañarnos, al fin y al cabo, es el país más poblado del mundo, e históricamente había sido el más avanzado hasta el surgimiento de las potencias europeas y americanas.

Europa y Estados Unidos han encontrado no solo una magnífica y barata fábrica en China, sino también un mercado interesante de nuevos ricos con una nueva clase media que esté interesada por sus productos. Empresas como Hermès o Pernod Ricard satisfacen la necesidad del lujo de estos advenedizos ricos con ganas de gastar yuanes. Se crean botellas espectaculares de Cognac a mil euros sólo pensando en el mercado Chino, donde por cultura siempre han sido ostentosos con su riqueza.

Los chinos, por ejemplo, son los principales consumidores de Château Lafite del mundo, para quienes este vino es un símbolo de estatus y un trofeo para beber. Los 284 lotes de Vintage que subastó Sotheby’s en Hong Kong en 2010, los compraron mayoritariamente empresarios y nuevos ricos chinos, por un total de 8,4 millones de dólares. Otro ejemplo: China es actualmente el país donde se venden más Ferraris del mundo, y la lista de artículos de lujo en cola para venderse en China es enorme. Sólo es necesario pasearse por las tiendas de Xintiandi o de Nanjing Road en Shanghái para darse cuenta de que todas las tiendas de lujo del mundo están también concentradas en esta ciudad. Un contrasentido cuando se piensa que China es un país comunista. Paseando por Nanjing Road, a uno le parece que debe de haber un error tipográfico y en vez de China Comunista debería llamarse China Consumista, puesto que las calles están llenas de gente comprando (y comiendo) a todas horas.

Esperaba encontrarme con muchas más manifestaciones del comunismo imperante y, en cambio, a parte de algunas banderas rojas en los barcos que recorren el Pudong o en los edificios gubernamentales, y algunas antiguallas maoístas entre los anticuarios de Dong Tai Road, los símbolos comunistas o las efigies de Mao brillaban por su ausencia. Se me hizo evidente que Shanghái no es China… O al menos no es representativa de toda China. Sólo es la parte más avanzada de China. ¡Pero qué avance! ¡Qué urbe para impresionar! Sólo con los rascacielos de la zona económica de Lujiazui ya es suficiente para que uno quede impresionado con el contraste entre los edificios decimonónicos del Bund y los rascacielos a la otra orilla del río.

Para poder darme una mejor idea de cómo ha crecido y evolucionado Shanghái (y en su extensión China) entre los últimos años, me decidí a subir al Pearl Tower la torre de comunicaciones con inmensas esferas como puntos de observación. La vista desde aquí arriba es impresionante, pero aun lo es más desde el piso 100 del Shanghái World Financial Center, desde donde la ciudad se ve a 474 metros de altura. La experiencia es sobrecogedora. La Pearl Tower se ve pequeña, pero aun desde tan arriba, no se distingue el final de la ciudad. Después de una puesta de sol de ensueño, empieza a salpicarse el horizonte de las luces de la ciudad: hasta donde la vista alcanza, el paisaje se llena de luciérnagas encendidas. De día, la polución creciente y la humedad del delta del Yangtsé impiden que la vista alcance demasiados kilómetros. Pero de noche el campo estrellado de Shanghái se hace patente y sus más de tres mil rascacielos brillan hasta el horizonte. Se hace evidente entonces la magnitud de la macro-urbe, con más de 23 millones de habitantes y aún creciendo. Desde la cima del rascacielos se ve un sitio en construcción casi delante mismo. Aquí construyen el Shanghái Tower, que cuando lo terminen en 2014 tendrá 632 metros de altura, convirtiéndose en el más alto de China y el segundo del mundo. Lo acabarán en menos de tres años, y en cambio nosotros tenemos la Sagrada Familia y al cabo de más de cien años aún nos falta la mitad…

Paseando por el Bund, me di cuenta de que el antiguo Shanghái de los años 30 que recordaba de películas como Shanghái Triad de Zhang Yimou o cómics como el Lotus Bleu de Tintin, ya no existía y los edificios majestuosos de principios del siglo XX habían sido transformados muchos de ellos en tiendas para marcas de ropa o en bares de lujo con terrazas y vistas a los rascacielos. Quería ver si todavía quedaba algo del antiguo Shanghái, y lo descubrí paseando por las callejuelas estrechas de ambos lados de Henan Road, en el centro de la antigua ciudad. Mercados al aire libre, con las verduras en exposición sobre sábanas en el suelo, o peces vivos en grandes odres de plástico con mangueras que les enchufaban aire, carnicerías con cabezas de cerdo o patos enteros colgados de los alféizares de las ventanas, o tiendas de té con grandes sacos de hojas secas… Entre los efluvios de los múltiples puestos de cocinas y los humos de las motocicletas que cruzaban las calles inconscientemente, aún se respiraba un aire de antigüedad, tradición e historia que desaparecía al levantar la vista y ver los altos rascacielos, a sólo diez minutos en taxi.

Quería saber si más allá de Shanghái encontraría la China rural, la que salía en películas como El camino a casa, de Zhang Yimou, y que considero como el paradigma de las películas ambientadas en época maoísta… Recuerdo una simple escena que pone de manifiesto las penalidades y limitaciones de esa época. A la protagonista se le rompe un tazón para los fideos, y en vez de comprar uno nuevo, encarga a un reparador de boles itinerante que se lo repare. Con minuciosa precisión, repara el bol y la muchacha queda contenta. Ahora, posiblemente ni los campesinos utilizaban ya tazones de cerámica y el plástico seguramente llenaba las casas, pero quería verlo con mis propios ojos.

Fui a Zhouzhuang, a sólo 20 km al Oeste de Shanghái, a buscar el campo. Y lo encontré. El centro de la antigua ciudad está lleno de canales de agua, de la misma época que el Gran Canal de 1.900 kilómetros que recorría China desde el sur de Shanghái hasta Beijing. Tomé una de las barcas que recorren los canales como góndolas venecianas. Los patos nadaban tranquilamente por las verdes aguas donde las casas abocaban sus aguas residuales. Y sin embargo, a la orilla de un canal, una mujer vieja estaba lavando la ropa. Y justo enfrente, en la otra orilla, un hombre viejo estaba lavando las verduras que le servirían para cenar. Ése era el campo que quería ver.

Todavía existe una China rural, muy cerca de la tecnología y sofisticación de Shanghái, donde empresas como Huawei destinan más dinero a I+D que países enteros como España. Pero esa China rural está avanzando a pasos agigantados, y cuando toda ella esté reconvertida, China será sin duda la mayor potencia del mundo. El Dragón de Oriente no habrá resucitado, porque nunca murió. Simplemente se habrá despertado de su corto sueño. Al fin y al cabo, la situación actual de China, relegada a segundo término desde las guerras del opio del siglo XIX, sólo es un breve episodio de 150 años respecto a los más de cuatro mil años de historia del imperio chino.

Nos tenemos que ir preparando para grandes cambios en el mundo. En menos de veinte años los chinos estarán por todas partes. No sólo regentando bares y restaurantes en Barcelona, o construyendo carreteras en África, lanzando cohetes al espacio o comprando deuda española, sino que intervendrán en la política, economía y cultura en todos los países del mundo.

Quizá ha llegado la hora de empezar a estudiar chino…

Por: Jordi Canal Soler, biólogo, escritor y periodista español.

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