Relatos

Callejeando por el Centro Histórico del DF

¡Tanga, calzón, camiseta, brassiere a diez pesoooos!

¿Qué va a querer güerita? Hay de flor, cuitlacoche, papa con chorizo, chicharrón verde… Pásele, ándele, aquí nomás siéntese.

Me envuelve el olor a garnacha mientras un hombre escoge camisetas XXL con trusas a juego y los brazos morenos de la marchanta me acercan un tlacoyo cubierto de salsa verde. Donceles esquina República Argentina. Ésta es mi manera de decirme bienvenida de vuelta a México”.

Después de once años de vivir fuera del Distrito Federal, el Centro Histórico se ha convertido para mí en una especie de isla imaginaria de pequeños placeres. Es el lugar al que viajo, aunque sea mentalmente, cuando me llegan esos golpes de nostalgia mezclados con antojo. De hecho es, hasta ahora, uno de los mejores antidepresivos que he encontrado para contrarrestar mis conflictos existenciales.

Me basta cerrar los ojos para tomar un bicitaxi sobre Eje Central Lázaro Cárdenas,en domingo; al ritmo del pedaleo, intento contar cuántos colores hay en la bandeja de gelatinas que venden en la esquina; sonrío a un grupo de mariachis al pasar por Garibaldi y aterrizo en la Lagunilla. Me percato entonces de que son posibles los viajes en el tiempo: un mueble-tele de los años 50 me recibe; al lado, un robot de antaño me muestra su blanca dentadura plástica; un poco más adentro de este “tianguis de antigüedades” me encuentro un rinoceronte de fibra de vidrio junto a una caja registradora del siglo XIX, un peluquín medio calvo y hasta una muñeca teibolera que baila al ritmo de la música. Sin abrir aún los ojos, termino mi visita a la Lagunilla con una buena torta de “recalentado”. Sí, lo bueno de viajar mentalmente es que puedo comer todo lo que quiera sin pecar de gula. En ese puesto de tortas siempre parece que ayer fue Navidad –o Año Nuevo-,así que tengo pa’ escoger entre torta de pavo ahumado, de romeritos o de bacalao a la vizcaína.

2 Lagunilla

Cada que vuelvo a México de viaje procuro pasar al menos un día en ese caos hermoso que es el Centro Histórico. La última ocasión que estuve allá, en tan sólo dos cuadras, Don Miguel Hidalgo y Costilla me saludó amablemente; una pareja de novios posaba para la foto delante de una sábana de corazoncitos de colores levantada detrás de ellos; una figura de“Niño Dios” vestido de policía llevaba su nombre bordado en el uniforme: “PBI Jesús”; y justo frente a una iglesia, dos botargas en forma de condones repartían preservativos, era 14 de febrero, así que parecía oportuno.

Este Centro recordado, imaginado, hecho de pequeños placeres, se me ha configurado a través de muchos años. Comienza con juegos entre los rollos de telas de “La Parisina”, a donde de niña acompañaba a mi mamá. Continúa con la textura entre el paladar y la lengua de las “gorditas de la Villa” que venden justo afuera de Catedral. Sigue con el olor a papel antiguo, con la sensación en las yemas de mis dedos al abrir alguno de los ejemplares de las librerías de viejo que recorría con mi abuelo. Tiene sabor a churros rellenos de chocolate, de un puestito que los vendía en la explanada de Bellas Artes; o a la comida corrida del restaurante “La Blanca”, donde al entrar, parece que los años se hubieran congelado mucho tiempo atrás.

Pasear en el Centro Histórico del DF me lleva a curiosear despacio, descubriendo lo nuevo que hay en el corredor de la calle Regina, o lo eterno y perenne de la Plaza de Santo Domingo. Y me hace también viajar a través de la historia de mi país. El Templo Mayor, cuna del México-Tenochtitlan, me recuerda que todas esas calles, banquetas, estacionamientos, locales de comida, tiendas, museos e iglesias están construidas sobre nuestro pasado, tienen sus cimientos sobre la cultura que nos configura como mexicanos, sincréticos, mestizos, indígenas. Me hace cuestionarme porqué hasta ahora seguimos mirando/llamando nuestras raíces como si fueran una cultura aparte de la nuestra. ¿Porqué seguimos tratando a las culturas indígenas como “ellos”, sin llamarlos/llamarnos “nosotros”? Me viene a la mente una reflexión de Mardonio Carballo, poeta, nahuatlaco, chilango:

¿Y si los que pertenecemos a alguno de los pueblos indígenas dijéramos “nuestros pueblos mestizos” para referirnos a la población mayoritaria en México? ¿Qué sucedería?

¿O si dijéramos “¡qué bonita y poética suena tu lengua española!” y le endilgáramos a la lengua castilla los adjetivos de ancestral y milenaria, en una especie de discriminación positiva? ¿Qué sucedería?

Me lo pregunto mientras camino por las calles repletas de gente, de mexicanos. Somos gente de piel oscura, cabello oscuro, ojos oscuros ¿hasta cuando nos reconciliaremos con nosotros mismos, con nuestra fisonomía, con nuestra cultura? Calle tras calle, iglesia tras iglesia, “güerita” tras “güerita, publicidad  tras publicidad, encuentro motivos para confirmar que el “antiguo” sistema de castas que existió durante la Colonia sigue vigente, en nuestro clasismo, en nuestro propio racismo.

3 Zocalo

Intento quitarme el trago amargo. Regreso. Me voy a lo que nos une, lo que nos hace sentir por igual a todos. Güeros, morenos, flacos, gordos, ricos, pobres, indígenas, no indígenas, todos nosotros disfrutamos de algo por igual: nuestra comida. Tomo el metro y dejo que me lleve hasta la Merced. Recuerdo el sonido de las puertas al abrirse en el andén y de inmediato siento cómo me invade el olor del mercado. Quedo a merced de La Merced, de los nopales, los elotes, las pirámides de frutas en los puestos, los chiles secos colgados, los huacales llenos de papas, jitomates, tomates, jícamas, chayotes, los letreros fosforescentes, los toldos de lonas de colores, el olor del epazote, del cilantro y sobre todo, las sonrisas, las miradas, la voz de mi gente.

Un estridente pitido me ensordece. Es el inconfundible pitido de un carrito de camotes. Mi viaje imaginario me permite llevar a cabo un pequeño placer (hazaña diaria de muchos) que desde hace tiempo he soñado: acompañar a un vendedor ambulante de camotes y plátanos asados durante su jornada de trabajo. ¿Qué mejor que de la mano de una persona local para conocer todos los rincones de esta ciudad?

4 Camotes

Recorremos calles de casas, vecindades, “tienditas de la esquina”, papelerías, vulcanizadoras, talleres mecánicos, fondas, puestos de quesadillas, tiendas de ropa, de electrodomésticos a plazos, de medicina naturista y complementos alimenticios, carritos de fruta con mangos enchilados, tianguis ambulantes apenas alumbrados por focos colgados de rejillas, esquinas-capillas con vírgenes, cruces y flores. Paso a paso, miro esta ciudad desde otro ritmo. La lentitud con la que escurre la leche condensada sobre los plátanos asados me hace pensar en la lentitud del tiempo, en cada minuto transcurrido en la vida de los transeúntes, los oficinistas, los que mueven los coches en estacionamientos-laberinto, los músicos que hacen sonar el organillo, los que esperan en la parada del micro y también, en cada minuto de la vida de este hombre al que imaginariamente acompaño.

Caminando, haciendo sonar el inconfundible pitido, la lentitud del tiempo se mezcla con la velocidad de la vida en esta ciudad: con el cuchillo del taquero al golpear contra ese enorme bloque de madera que usa como tabla para picar; con las voces en los tianguis anunciando a grito pelado que se venden dvds, playeras, juguetes, accesorios para iphone, tenis, utensilios de cocina, ropita de bebé y un largo etcétera que se mezcla con los “remixes” de música que cambian minuto tras minuto: de cumbia a hip hop, pasando por salsa, rancheras, pop o reggaetón; con las parrillas que humean y las piñas que saltan desde lo alto del trompo de los tacos al pastor; con la prisa de la gente al cruzar las avenidas esquivando coches y camiones como en carrera de obstáculos; con el “sube y baja” del exprimidor de naranjas en el puesto de jugos; con la energía que vibra desde lo más profundo del pavimento que cubre la ciudad y el color que la inunda sobre él.

Oscurece, mas no acaba la jornada. Las calles del Centro me recuerdan que aquí la vida vibra y vibra desde muy temprano por la mañana, mientras un hombre o una mujer lava “su esquina” o abre su puesto de periódicos, al igual que por las noches comienzan su jornada los que trabajan en los OXXO, los cadeneros de los antros, los mariachis listos para “llevar gallo”, los taqueros, cocineros o meseros de restaurantes y puestos abiertos las 24 horas. El día continúa durante la noche, hasta que amanece y se oye de nuevo, como si fuera la alarma del despertador: “¡Tanga, calzón, camiseta, brassiere a diez pesoooos!”

Fotografías: Rosa C. de Morales

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Mexicana. Gestora cultural, vive en Barcelona desde el 2003. Apasionada del arte y la comida, estudió Historia del Arte y Alta Cocina Internacional.

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