Relatos

Cartagena para los locales

Es muy difícil ser turista en la ciudad en la que vives, te sumerges en la rutina de ir a clases o al trabajo y por lo general no te das la oportunidad de ver las cosas, los paisajes, la gente alrededor, los detalles, los colores. Ese fue mi caso en Cartagena.

Estuve allí, estudiando durante un año, haciendo rutina, iba a la playa y me maravillaba con las murallas de la Ciudad Antigua, la Heroica Cartagena. Adoro la ciudad, su olor a salitre, su gente cándida, su historia llena de detalles y de colores, sus bailes en las plazas, pero sentía que me faltaba involucrarme más con la gente, debía dejar de ser un agente más de la cotidianidad y sumergirme en la cultura de una ciudad que me recibió como si yo fuera una cartagenera más.

Un día a inicios de febrero, me contaron que había (como todos los años) la procesión de la Virgen de La Candelaria y con mis compañeros de clase, nos fuimos a caminar con Cartagena desde el pie de La Popa hasta la cima del cerro La Popa, la única montaña de la ciudad, detrás de esa roja y magnífica marea de creyentes convertida en manifestación popular. Nos internamos en la caminata junto con centenares de devotos que iban a ver coronar a su Virgen un año más en la capilla que los sacerdotes agustinos tienen para ella en su convento.

Cuentan los cartageneros, que ese convento agustino fue instalado en la cima de esa solitaria montaña buscando acabar con las adoraciones paganas de indígenas y africanos que habitaban para principios del siglo XV, en plena época colonial, ese enclave geográfico. La subida para llegar al convento tiene una inclinación importante, es agotador el recorrido, pero es maravilloso subir bailando, hablando, riendo, sintonizados con el fervor popular y con el amor demostrado a esa manifestación mariana, la reina de esa montaña, el motivo de amor para miles de feligreses congregados ahí para celebrarle a la virgen su día.

Paramos por el cansancio, tomamos fotos de la ciudad a medida que íbamos subiendo. Disfrutamos la interacción con ese hermoso pueblo, y fuimos finalmente parte de la energía de la ciudad en una actividad muy alejada de la rutina. Sentimos como cambiaba el clima a medida que subíamos y agradecimos mucho el cambio de calor húmedo sofocante a “fresco” que estábamos experimentando.

Una vez en la cima del cerro, entramos en las inmediaciones del convento Agustino, que solo habíamos visto desde la Avenida Pedro de Heredia, y pudimos disfrutar de una vista 360 grados de la ciudad, de una brisa deliciosa, de unos cantos populares y de unos bailes esclavos heredados de tiempos remotos en honor a la Virgen en un domingo totalmente diferente.  El piso es de piedra, el original de cuando construyeron el convento, las flores que adornan los jardines aledaños son un abrazo de bienvenida al caminante que llega cansado, la cruz de piedra en el ala norte de la carcasa pétrea muestra un Mar Caribe abierto a la contemplación. Nos costó mucho llegar a la puerta de la capilla, entre los feligreses, los viajeros, los curiosos y nosotros, era casi imposible caminar, pero logramos ver cuando la Virgen fue colocada en su altar luego de ese largo camino de peregrinación. No se puede pasar hacia adentro del convento, ese espacio está reservado para los sacerdotes.

También nos pusimos en contacto con la Cartagena no turística, con la que no se ve, con ese colectivo trabajador que no vive en las zonas bonitas, con el ciudadano de a pie que sonríe y que vive fuera del ojo de las cámaras de los visitantes. En la parte sur del cerro de la Popa, bajando de la montaña hacia la cara de la ciudad que nunca se ve, la carretera de la parte de “atrás” de la ciudad, late el corazón de una población simpática y alegre, que vive en casitas de madera y caminos de tierra, que no se percibe si se está de visita, que vibra y produce, que trabaja, que padece y siente, que existe y debe ser tomada en cuenta. Las sonrisas más sinceras, los ojos más cristalinos, la belleza en su expresión más pura la recuerdo de los niños que viven en la Popa.

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Comimos sentados en las barandas de piedra que circundan el convento, pasamos buena parte del día entre fotos, vueltas al lugar y bailes. Una vez terminada la ceremonia, cuando los feligreses empezaron a salir de la capilla, comenzamos a bajar el cerro caminando hasta la avenida con camino a La Heroica, La Ciudad Amurallada, la historia colonial mantenida entre casas, calles de piedra y murallas, aquellas que fueron construidas para separar, para limitar, para defender. Esas paredes que según cuentan los lugareños, se pegaron con sangre de indio y sudor de esclavo, son ahora el corazón del turismo de Cartagena.

Llegamos para caminar como visitante recién llegado, a jugar al regateo con los vendedores ambulantes y ver sus artesanías, a comer raspados de mil sabores con leche condensada en la Plaza San Pedro Claver, a tomar cerveza y tratar de huir del calor. Sentarse en la parte alta de las murallas y respirar la constante brisa marina, dejarse arrullar por el canto de las olas yendo y viniendo, esperar la función gratis de un sol derritiéndose al fundirse en la línea del horizonte. Detalles, que a pesar de la cotidianidad, siempre se aprecian y se fijan en la memoria del caminante, viajero, curioso o habitante de la ciudad.

Ciudad Amurallada

Como legado de un pasado de batallas y colonización, una serie de cañones apostados al norte de la muralla, dispuestos para defender la ciudad de cualquier ataque de otra colonia o peor aún, de piratas (que a pesar de ellos lograron llegar a las costas colombianas y dejar su nombre grabado en una cerveza o en una marca de cigarrillos), esos símbolos de barbaridad y masacre, son hoy un punto de encuentro y de fotografía donde nosotros, esperando ese fabuloso y anaranjado atardecer, no dejamos pasar el momento y procedimos a capturar las aventuras, risas y emociones. Queda reflexionar en el uso actual de algo que fue creado para el exterminio, queda dejarles a los políticos actuales y sus prioridades, una acotación certera de para qué servirán en doscientos años las decisiones que tomen.

Entre la subida al cerro de la Popa y como logramos abstraernos de la cotidianidad a través de actividades tan simples, divertidas y aleccionadoras; el paseo en exploración de un atardecer fabuloso lleno de olor a salitre, ruido del mar y brisa para escapar del calor húmedo siempre presente en Cartagena, buscamos cerrar el día con alegría, de la rebosante, antes de partir al encuentro con la rutina. En la plaza de Bolívar, en honor al prócer venezolano quien confesó haber conseguido la gloria en tierras cartageneras, se reunió un grupo de chicos a bailar por cien, mil o dos mil pesos, y ofrecieron ahí una de las manifestaciones culturales más hermosas que haya visto, bailaron con el cuerpo, el corazón, el alma y nos dejaron la sensación de un domingo completamente fuera de lo regular.

Lo más extraordinario de la Heroica, es que siempre sorprende, bien sea con los bailes en las plazas públicas, con las carrozas que evocan épocas pasadas, con sus vendedores ambulantes, con sus iglesias en constante restauración, con sus entradas diversas. Cartagena es una ciudad inolvidable. Y fuera de las murallas, donde la realidad dice presente, donde la convivencia se concentra en cada uno de sus habitantes, es aún más maravillosa. La comida es un punto importante porque adicional a los miles de restaurantes, hay muchos “chiringuitos” ofreciendo variedad de platillos de todas las regiones de Colombia.

Cartagena es para mí un referente de libertad por temas meramente personales, pero a todo aquel que la visite le recomiendo que se salga de lo convencional, que no se deje llevar por las guías regulares de viajes, que se adentre en el calor de la población, que camine mucho, que hable con los vendedores ambulantes y los bailarines de Mapalé. Que disfrute de la arquitectura, caminando por las calles empedradas de la historia, que se tome una cerveza en la plaza San Diego y comparta con los estudiantes y artesanos, que se siente en la casa alemana o en la alianza francesa a disfrutar de buen cine a excelente precio, que coma arepas en la plaza Fernández Madrid y raspados en la plaza San Pedro, que disfrute ampliamente del juego del regateo con los vendedores ambulantes y se siente a ver pasar un rato del día en el árbol que está en la plaza Santo Domingo.

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Venezolana residente en Panamá. Licenciada en administración de turismo con un máster en periodismo de viajes, una fusión que hoy ejerce y comparte desde Centroamérica.

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