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Caminar por Bergen para entender Noruega

Cuando viajar a cuidar a un gato se vuelve un descubrimiento tras otro

Un hombre le pregunta a un niño de Bergen,

¿es verdad que en Bergen llueve siempre?

El niño responde: No lo sé. Yo sólo tengo diez años.

Fueron dos días de diez completamente soleados: cuando llegué y cuando me fui. Siempre usé el paraguas, lo usé menos de lo que pensé pero siempre usé el paraguas. La lluvia y la humedad hicieron de mi cabellera el mejor remedio para el frío, y a pesar del clima invernal en primavera, nada me impidió caminar Bergen para entender Noruega. Se trataba del primer país nórdico que visitaba y la primera vez que viajaba para cuidar a un gato. Un gato negro, Lennon.  

Saliendo del aeropuerto llegué a la parada del autobús con dudas: ¿Será este?, ¿será el que viene?, ¿dónde guardé la dirección de Cristina? Un hombre uniformado, que después supe que era el conductor, debió notar mi confusión, se acercó y me orientó. Dos conductores más me auxiliaron en distintos momentos del trayecto. “¡Vaya -pensé- qué amables son los trabajadores del transporte público noruego!”. Una amabilidad discreta con un trato impecable. Lo mismo los pasajeros, no hablan pero no molestan. El transporte huele a fierro, huele a plástico, huele a nuevo. 

Bryggen, el barrio de Bergen donde comer ballena es de todos los días

Las primeras imágenes que encontré en Internet al googlear Bergen, fueron las casas de madera de colores estrechas, chuecas y paralelas al muelle, de ahí el nombre, Bryggen. Y fue ahí, gracias a la ayuda del conductor, donde bajé del primer autobús que tomé desde el aeropuerto dirección a la casa de Cristina y de su gato. Bajé y me reí. Estaba pisando lo que quedaba de aquella liga Hanseática de hace ocho siglos, un punto en la ruta comercial de la época medieval que hoy en día, es uno de los lugares más antiguos de Bergen y Patrimonio de la Humanidad de Noruega. Y ahí estaba, con frío; pero frente a esa imagen que ahora podría captar yo misma y que ya no tendría que googlear para saber cómo era. 

Frente al embarcadero está Fisketorget. Este mercado local con más de setecientos años de historia sigue con su actividad y es el mejor lugar para oler Noruega. Bacalao, ballena, reno, alce y varias versiones de salmón noruego (y sí, sabe diferente a cualquier salmón que hayas probado antes). “¿Realmente se come ballena?”, le pregunté a Dan Even Fjellskal, que estaba detrás del mostrador. “Esto es Noruega, claro que sí”, respondió. Pero, Cheyanne Smart,  guía gastronómica en Bergen, me dijo que la gente joven cada vez come menos ballena, que estaban cambiando los hábitos y que, en cambio, no hay noruego que se resista al bacalao. 

¡Qué paradoja! Uno de los países considerado entre los más civilizados del mundo, mata y se alimenta de ballenas. Desde 1986 existe una moratoria a la cacería comercial de ballenas, pero ni Noruega, ni Islandia, ni Japón, la cumplen. Noruega no sólo ignora el veto mundial, sino que es el país que más cetáceos de este tipo mata cada año. De hecho, acaba con más vidas de mamíferos marinos que Japón e Islandia juntos. 

Gudny Flatabø, estudiante en su segunda carrera universitaria, en Bergen, no come ballena; la ha probado, pero no en su casa porque su madre no la cocina. Ella me cuenta que la comida, a diferencia de España o México, no tiene tanta relevancia, y por lo tanto se le dedica menos tiempo. Ella se levanta entre las seis o siete de la mañana y desayuna; al medio día para durante treinta minutos para comer y cena, a más tardar a las cinco de la tarde. Yo le digo que suelo cenar entre las nueve o diez de la noche, “¿A qué hora duermes? ¿qué haces el resto del tiempo después de los treinta minuto que te lleva comer?”, me pregunta sorprendida.

Noruega fuera de temporada

La plaza Torgallmenningen, el corazón del centro de Bergen. |Fotografías: Arlene Bayliss

Entiendo que el turismo en Noruega es bienvenido todo el año, pero también entendí que hay una temporada: de mayo a septiembre. Fuera de esa época, museos, tiendas, restaurantes, los locales de las casas de madera de Bryggen, y diversas actividades como algunos cruceros o expediciones por los fiordos,  están ¡Closed! Parece que los noruegos no están dispuestos a darlo todo. Viajé en abril, tuve mucho tiempo para caminar. 

Caminar por Bergen es llegar a Torgallmenningen, una calle ancha, comercial y alargada, en la que parecía que todos en Bergen pasaban en un momento u otro. Desde ahí ves el puerto y el  Sjømannsmonumentet en recuerdo a los vikingos. Es encontrarse con papás. Papás solos con sus hijos, papás con bebés en brazos, papás jugando con niños de 3 o 4 años, papás familiares, porque en Noruega, los papás tienen derecho a diez semanas de baja y cobran durante ese tiempo el 100% de su salario, cuando en España son 15 días y así, en la actualidad Noruega se sitúa en casi dos hijos de media, sólo superada por Francia, Islandia e Irlanda, y claro, por encima de España. Caminar por Bergen es también imaginar la relación que hubiera tenido con mi padre si hubiera sido noruego; pero a quién podía engañar, soy mexicana, y esa escena me quedaba muy grande.

Caminar por Bergen también es entender la economía de Noruega. Entender que las guarderías para los niños no rebasan los 300 € mensuales, que el litro de gasolina cuesta unos 1,45 € y que una cajetilla de cigarros vale 11 €, una postal, 5 €, el café vale al menos 3 €, y no encontré una cerveza que costara menos que 8 €. Caminar por Bergen era entender que el sueldo medio del noruego es de 5.000 € brutos al mes y pueden llegar a dedicar más del 50 % en pagar impuestos; pero que pagan gustosos. Un cubano que tenía más de 20 años viviendo en Bergen me contó: “yo pago mis impuesto para que todos estemos mejor, no sólo yo, todos los que vivimos acá, porque se trata de un esfuerzo entre todos para todos, y no, no me pesa”. Caminar por Noruega también es subir montes. Le dicen la ciudad de las siete montañas y yo subí cuatro, suficiente para que me quedara claro:: ¡Noruega son paisajes!

Caminar por Bergen fue consecuencia de Lennon, el gato de Cristina. Con ella apenas compartí una cena con vino español y nachos noruegos. Al ser temporada baja en Noruega, y ella ser guía turística, preparaba maleta para viajar. Su destino era la India, el mío Bergen. Fue curioso que Cristina hablara sobre Noruega como yo lo hago de España, con admiración por todo aquello que funciona mejor que en tu país. Nos conocimos en la Ciudad de México, nos volvimos a ver en Barcelona y ahora estaba en su casa, en Bergen, para cuidar a Lennon. Lennon resultó ser un gato que seguramente olió mi empatía por los perros; pero que, a pesar de no saber comunicarnos, se portó como aquel conductor que se acercó para orientarme nada más llegar, o como los pasajeros del transporte público, sin hablar, pero sin molestar, como los noruegos. 

Gracias a Lennon, ahora ya sé qué responder cuando me preguntan si es verdad que en Bergen llueve siempre. Les digo como aquel niño, que yo no lo sé, que yo sólo estuve diez días y que siempre es demasiado tiempo, pero que se puede caminar por Bergen para entender Noruega.

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¡Ahorita Vengo! Eso dijo en su casa y no ha vuelto. De Tijuana en Barcelona, comunicóloga con un máster en periodismo de viajes.

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