Cuando alguien refiere la palabra budismo en occidente, en términos generales, se presenta el imaginario colectivo de una persona sin cabello, vestido con túnicas rojas, meditando hasta llegar a un punto parecido a la levitación, rodeado de figuras con muchos brazos, lotos y llamas.

En occidente existe una serie de centros budistas llamados camino del diamante, fundados por el Lama Ole Nydahl y su esposa Hannah, en los que, de forma laica y adaptada al ritmo de vida actual, se imparten las enseñanzas provenientes del Tíbet, entregadas de forma ininterrumpidas desde los tiempos de buda de maestro a estudiante, siendo Rangjung Rigpe Dorje, el XVI Karamapa, quien las compartió a occidente por medio de Ole.

Muy lejos de los imaginarios colectivos, estos centro son visitados por personas vestidas de forma habitual a nuestra vista, que meditan con la firme intención de desarrollar la mente. Más allá de buscar estados elevados, buscan un estado de entendimiento, al que llama iluminación.

En cuanto a las figuras que se encuentran en las paredes de estos centros, que al principio pueden parecer malignas, a nuestro entendimiento occidental, son figuras que expresan cualidades de la mente, pues al final, el objetivo de estas enseñanzas es entender su pleno potencial y desarrollar todas sus cualidades para el beneficio de todos.

Es curioso que la primera forma de acercamiento que tenemos a lo que nos rodea se basa en intentar definirlo y esto normalmente se hace por medio de la adjetivación.

Cuando éramos pequeños, se nos enseña que la estructura básica del lenguaje es sujeto, verbo y complemento, siendo este último normalmente un adjetivo. Si ese algo hace parte de los parámetros conocidos es bueno, sino es malo.  Por ende, cuando se hace referencia al budismo, existe esa necesidad espontanea de encontrar una definición que lo caracterice en un espectro de parámetros conocidos.

Evitando en este proceso, lo que nos es ajeno. El budismo, podría expresarse, en términos simples, como un conjunto de enseñanzas transmitidas por buda shakyamuni, que buscan la liberación del sufrimiento, para llegar a la iluminación, empleando para ello herramientas como la meditación. Éste, cuando impartía sus enseñanzas, era reacio al esoterismo, pues lo que plateaba era enseñanzas comprobables, aquí no había espacio para la dogmas, todo debía ser evaluado y verificado.

La meditación que se hace en todos los casi 700 centros camino de diamante que hay alrededor del mundo es la del XVI Karmapa. Esta no busca un estado de relajación, ni su intención es poner la mente en blanco, como muchos piensan. Lo que se hace en ella es trabajar con la mente, para identificar las propias cualidades innatas. Aunque al comienzo todo parezca frases extrañas y cantos impronunciables, cada palabra tiene una lógica particular, para entender un aspecto de la mente.

Es de aclarar que en occidente existes otras escuelas que conservan, de forma más tradicional, los cánones orientales del budismo, gracias al proceso de globalización y el acceso facilitado a la información. Sin embargo, y al igual que escuelas como camino del diamante, todas buscan los mismo, comprender la mente.

En el poco tiempo que llevo siendo budista comprendí que de diferenciar yo y el otro, devenga en muchos de las emociones perturbadoras que generan sufrimiento. No digo que todos tengan que ser budistas para ser buenos, ni que exista un único método o una única verdad. Pero evitar las diferenciaciones marcadas podría ser un primer paso para solucionar muchos de los problemas sociales que tenemos hoy.

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Sobre el autor

Comunicador social, fotógrafo y periodista colombiano especializado en viajes. Para mí la imagen es una herramienta de análisis, que permite el auto descubrimiento, a través del registro del otro.

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