Bogotá y el rastro de García Márquez
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Bogotá y el rastro de García Márquez

La relación de Gabo con Colombia es intensa. Tanto que, incluso, aún se le puede seguir los pasos en Bogotá

Era miércoles y llovió. Nadie se puede anticipar al cambio del clima y es por eso que lo bogotanos salen vestidos con distintas capas y llevan siempre una sombrilla en el bolso. No se fían del pronóstico del tiempo. Mas bien, buscan con la vista el cerro Monserrate y si la iglesia se ve, entones quizá –dicen ellos– no llueva en un buen rato. Pero ni así. La brisa puede soplar con fuerza, convertirse en un murmullo y el sol puede quedarse o irse y aún no se sabe qué hace que suceda una cosa o la otra.

Bogotá es tierra fría y a veces la gente no sonríe. No lo dice el viajero de paso. Lo dice el taxista que va contando, como si tal cosa, que el bogotano solo sabe pensar en sí mismo. Y que por eso están como están.

Están como están, dice.

En una ciudad –que es otra en sus horas pico, en la que muchos van chequeando la hora del transmilenio para llegar a tiempo a donde sea que se vaya– en la que parece que no falta nada, ellos –los bogotanos– echan de menos muchas cosas. Se quejan. El bogotano se va quejando y por eso quizá, a veces, pueden ser tan fríos, como el clima con el que lidian a diario.

Gabriel García Márquez

Cuando Gabriel García Márquez llegó por primera vez a Bogotá, en 1943, también le pareció una ciudad fría. No solo porque no estaba acostumbrado a abrigarse, sino porque la vida allí le pareció aburrida y dijo, muchas veces, que prefería huir de Bogotá, donde siempre se sintió extranjero. Venía de Barranquilla, donde el calor brota de las paredes.

Pero volvamos. Era miércoles y llovió y fue justo en el Centro Cultural García Márquez, donde el viajero consiguió techo para refugiarse de la lluvia momentánea y le pareció irónico: tanto que el escritor quería no estar en la ciudad y tanto que Bogotá insistía en recordarlo nombrándolo en sus lugares importantes. Y es que en ese centro cultural, diseñado por Rogelio Salmona, -en el que, por cierto, hay una librería con espacio para más de 50 mil libros- se puede subir a la terraza y tener una vista distinta de la Catedral Primada de Bogotá y de los techos rojos de La Candelaria, ese centro colorido de la ciudad con tantas cosas por hacer. Muy cerca está la Plaza de los Periodistas, que ahora se llama Plaza de los Periodistas Gabriel García Márquez, en honor al escritor, de quien también tienen un mural de 15 metros en un edificio de la avenida Jiménez. Las mariposas amarillas de García Márquez revolotean por la ciudad que lo recuerda, aunque para él siempre fuese un lugar de paso. 

No es que está en todos lados, advirtió el viajero. No hay afiches con su rostro o alguna pared rayada con una de sus célebres frases. No. Pero al mismo tiempo es como si apareciera detrás de las esquinas. Sobre todo de esas en La Candelaria, en el callejón de los libros usados, donde se venden sus libros –y los de muchos más- al precio que mejor logre el comprador. Van diciendo: “García Márquez, García Márquez aquí”, como quien vende obleas y resultan ediciones caseras, fotocopiadas algunas y otras que no son originales, pero que parecen nuevas, envueltas en plástico para protegerlas de la lluvia y que se pueden leer, si no les importa de dónde vienen. En la librería Merlín, un edificio de tres pisos con más de 200 mil libros, el viajero encontró varios libros originales y gastados que se parecían más al rastro de García Márquez que buscaba en la ciudad. Ese rastro tan lleno de pasado. 

Lo mismo le pasó en un tramo de la Carrera Séptima cuando se detuvo a comprar un buñuelo recién hecho, allí donde se cruza la avenida Jiménez y se levanta la iglesia San Francisco de Asís, una de las más antiguas de Bogotá. Aún se ven los rieles del tranvía que conectaba la ciudad desde 1933 y, claro, ahí están esos edificios nuevos, nuevos de la década de los 50s, dándole otro aspecto al centro de la ciudad, tan lejos de sus fachadas coloniales que sí se pueden ver más arriba. Y lo que le pasó al viajero ahí es que recordó que en algún momento leyó –y no sabe dónde– que cuando sucedieron los hechos de El Bogotazo, en 1948 -esa revuelta que terminó con destrucción y más de cien edificios incendiados después del asesinato del político Jorge Eliécer Gaitán-, García Márquez tenía apenas cinco años viviendo en Bogotá y en medio del caos, perdió muchos de sus cuentos, de sus apuntes, de sus cosas básicas para seguir en esa ciudad que no le gustaba. Y se tuvo que ir a Cartagena de Indias, huyó de la ciudad aunque volviera con los meses. 

Fue en Bogotá donde publicó su primera novela (“La Hojarasca”, en 1955), donde ganó sus primeros premios, donde nació su primer hijo. Aunque el mapa le señalara otros lugares, más llenos de mar, el frío y la lluvia bogotana lo envolvían de tanto en tanto. Y quizá como siempre quiso salir de allí, es que encontrar su rastro en la capital se vuelve tan escurridizo. Pero está. García Márquez está. 

Así que en ese momento que el viajero mordió el buñuelo, ahí en la carrera séptima, buscó con la mirada el cerro de Monserrate para asegurarse si la iglesia no estaba tapada por las nubes. Si no llovía, iría hacia lo más arriba de La Candelaria, no buscando ya al escritor, si no solo por el afán de perderse en las fachadas, en esa otra Bogotá que cuenta otra historia entre sus calles de piedra.

 

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Periodista de viajes, venezolana. Intento escribir crónicas, relatos y hacer fotos. Viajo sin prisa.

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