Ana-Ionela y yo nos sentamos en la terraza de un bar cercano a Plaza Universidad, en el centro de Bucarest. -Si quieres quedar con alguien lo haces en Plaza Universidad, el punto de encuentro no sólo de cuatro avenidas, sino de la mayoría de bucarestinos-. Cuatro avenidas, una parada de metro, Universitate y un constante trasiego de autobuses. Ella vuelve a Bucarest cada mes de agosto. El resto del año lo pasa estudiando en Barcelona, dando las últimas pinceladas a su expediente académico. Su sueño es llevar a cabo iniciativas por su país desde el seno de la Unión Europea.  “Aquí en Rumanía quien no trabaja es porque no quiere”, me dice sin ningún tipo de arrogancia.

Rumanía se despereza. Está madurando, dando el estirón del pre-adolescente, haciéndose mayor, tratando de emanciparse. Se intuye que será un proceso pausado dado que, de un tiempo a esta parte, al pueblo rumano siempre le han dicho, y marcado, lo que tiene que hacer.  Regida por una monarquía alemana: Hohenzollern. Ocupando un lugar geoestratégico este país se vio envuelto y azotado por las dos Guerras Mundiales. Con la proclamación de la república, en 1947, llegó Ceaucescu para poner orden -a su manera-.

Cuarenta años de dictadura, cuatro décadas de comunismo castizo. El rumano medio se instaló, y sigue a día de hoy, en limitarse a obedecer, a ceder la iniciativa. Se le presume sumiso, que no bobo, puesto que se cuentan con una mano los pueblos que les ganen a picardía y a buscarse la vida.

En la etapa soviética, la carencia marcaba la diferencia: la cúpula del partido se encontraba a otro nivel, a años luz del pueblo. La corrupción y el saqueo de las arcas públicas resultaba un detalle normal y cotidiano, y fue en parte la megalomanía de Ceaucescu y su esposa lo que hizo que se rompiera el saco.

La libertad, el cambio, llegó en 1989, si acaso aquella revolución de diciembre supuso realmente una apertura de ventanas para que se airease el país o bien simplemente los asalariados del partido ocuparon el puesto de los directivos para que siguiese girando la rueda… En cualquier caso, conjeturas aparte, la nueva situación trajo consigo esperanzas, aquí no hay discusión, y frutos.

El año 2007 fue clave: en enero Rumanía entró a formar parte de la Unión Europea, y sus rumanos podían ya circular libremente por el Viejo continente. No se estableció como regla, aunque la gran mayoría de ellos emigraba y volvía a su país con dinero para establecerse de nuevo con cierta estabilidad económica, con recursos.

De un tiempo a esta parte ya no son tantos los rumanos que se van, y es incluso Occidente quien se acerca al país de los Cárpatos para invertir sus divisas aprovechando la debilidad del leu (RON), cuyo valor es de 22 céntimos de euro, y el impulso que está tomando el país.

La esperanza y la ilusión se han instalado ahora en Rumanía, país constantemente azotado, siempre alienado. Emil Cioran, escritor y filósofo rumano de prestigio, dijo por ahí de 1932: “¿Es posible que la existencia sea nuestro exilio y la nada nuestra casa?”. Esperemos que ya no.

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Sobre el autor

Licenciado en Historia y Máster en Periodismo de viajes, escribe, traduce y le da al guión. Observa y escribe; vive y cuenta, manteniendo entre ceja y ceja el dedicarse a la escritura sin cuestionarse la modalidad. Viajar es lo que le mueve: hacerlo en moto a ser posible.

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